miércoles, 15 de octubre de 2014

SALIR A LOS CRUCES DE LOS CAMINOS



“El banquete nupcial está preparado, pero los invitados
no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”.

Mt. 22, 8-9

El Rey había preparado meticulosamente el banquete de bodas de su hijo, sin embargo, todos los invitados, indistintamente, por diversos motivos se excusaron y no participaron del banquete que para ellos había sido preparado.

La pasión de Jesús fue anunciar el Reino. Hacia allá se orientó siempre su predicación y a las palabras le acompañaban gestos y actitudes concretas, que lo verificaban y lo hacían realidad en todo su apostolado.

Para hablarnos del Reino, Jesús toma la figura del banquete de bodas para subrayarnos que todos estamos invitamos a pertenecer a él, buenos y malos, pues este llamado es gratuito y es una oferta que Dios le hace a su pueblo y a cada persona en particular.

No habiendo comensales para el banquete (porque prefirieron otras cosas, su negocio, el campo …), la orden es perentoria: “Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren”. Es esta palabra la que hoy ha de resonar en nuestros oídos y corazones para instalar entre nosotros, lo que el Papa Francisco llama “una Iglesia en salida”, una Iglesia desinstalada que no se conforma simplemente con una cómoda situación de instalación, sino que sale a buscar “comensales” que se interesen por hacer del Reino su causa última de vida.

Ante la sorpresa del Rey, la sala se llena de convidados, son los pobres, los marginados, los excluidos, los miserables, aquellos que no cuentan, quienes sintonizan de verdad con la invitación a ser parte del Reino de Dios. Todos aquellos que son parte de las “periferias existenciales” (Papa Francisco) del mundo y de nuestros pueblos, siempre se mostrarán proclives a escuchar esta invitación y hacerla suya.

Por eso necesitamos como Iglesia hacer este tránsito. Esforzarnos sinceramente para que  los últimos, los pobres, se sientan como en casa. Nos cabe como discípulos de Jesús, ser los OIDOS que escuchan el clamor de los que sufren. Sus MANOS para tocar leprosos y generar lazos de amistad y fraternidad. Ser su BOCA para pronunciar palabras que lleven luz y una buena noticia a los desheredados. Sus OJOS para mirar con ternura y cariño al que necesita amor y comprensión y ser sus PIES para llegar al que está alejado y no tiene a nadie que lo  consuele en su soledad, enfermedad o vejez.

El banquete del Reino está preparado y sólo hace falta acceder a él asumiendo la invitación que nos hace Jesús.

¿Cómo no ser parte del banquete de la solidaridad y la fraternidad? ¿Cómo no asumir en nuestra vida ser parte del banquete de la justicia y la paz entre hermanos, pueblos y naciones?

¿Acaso puede un verdadero cristiano excluirse, sin no poca responsabilidad personal, de hacer suyo el proyecto del Reino predicado por Jesús, aferrándose a una religión intimista, que te aleja y más encima no te permite ver la realidad que te acompaña cada día?

La invitación está extendida para todos. ¡Salgamos! En los cruces de los caminos y en las plazas de nuestras ciudades, pueblos y campos, hay suficientes potenciales invitados que esperan ser parte del banquete de bodas. Sólo hace falta, SALIR, no tan sólo hacer un movimiento físico, geográfico (que no nos haría nada de mal, dejar el “centro” e ir a los extremos), sino por sobre todo, SALIR presupone vaciarnos de nuestra seguridades y costumbres y relaciones habituales, para ir al encuentro del “desconocido”, del que está “fuera” de nuestro círculo habitual, hacer una salida “afectiva” en la cual puedan entrar otros rostros en nuestros corazones. Si la sala se llena de todos, "buenos y malos”, quiere decir que la tarea de la evangelización andará por caminos correctos y estará en la dirección que nos plantea el Señor en su evangelio.

¡Vayamos, pues, a los cruces de los caminos, más de alguien espera por nosotros!





miércoles, 24 de septiembre de 2014

DESACTIVANDO BOMBAS


“¿Cuántas veces deberé perdonar?”
“No guardes rencor a tu prójimo”


Hace unas semanas, una bomba, que detonó en una estación del Metro en Santiago, sembró el pánico entre la población, además de algunos heridos que trajo como consecuencia la explosión de dicho artefacto. Dicha bomba, según un movimiento anarquista que se la adjudicó, no buscaba atentar contra las personas inocentes que transitaban a esa hora por dicha estación, sino un acto en contra del poder establecido y de la clase dominante que oprime y se vale de los más desposeídos y excluidos de la sociedad.

Sin duda, todavía queda mucho por investigar y llegar a los responsables y conocer su método de actuar y descubrir su móvil e inspiración. La justicia deberá hacer su trabajo y la ciudadanía confía que aquello ocurrirá en cuanto llegar a los culpables, conocer de sus pruebas acusatorias, realizar el juicio en cuestión y, en definitiva, castigar dicha acción temeraria que tanto daño provoca a la sociedad en su conjunto. Porque es claro que cualquier bomba que sea colocada en el corazón de la sociedad, nada bueno puede traer y más aún, provocará que el miedo se instale en los ciudadanos y merme la sana convivencia entre los mismos. Una bomba nada bueno puede traer, aunque para algunos sea un método atendible a sus objetivos e inspiraciones.

Haciendo un parangón con este acto violentista, podemos decir que también hay ciertas bombas en nuestro corazón que necesitamos desactivar con urgencia. Nadie puede vivir cohabitando con sentimientos malos o negativos que no hacen más que horadar y destruir a la misma persona que los va incubando en su interior.

A este respecto una página bíblica del A.T. (Eclesiástico, 27,30 – 28,7), nos señalaba que “el rencor y la ira son abominables … perdona el agravio a tu prójimo … acuérdate del fin, y deja de odiar … acuérdate de los mandamientos, y no guardes rencor a tu prójimo … piensa en la Alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa …” El odio, el rencor, el ánimo de venganza, la ira, el enojo, la ofensa, son verdaderas bombas que a veces se instalan dentro de nosotros y que imperiosamente necesitamos desactivar para que nuestra vida irradie luz y tengamos paz en el corazón. Nadie puede vivir –si no es a un precio muy alto de deshumanización- vivir con estos sentimientos y actitudes que van mutilando nuestro interior y nos pueden dañar hasta la misma muerte.

El perdón, que está en el ADN del cristianismo y es uno de los aportes esenciales al mundo occidental, es una expresión clara del mandamiento del amor que nos ha dejado como legado de su apostolado y anuncio evangélico el mismo Jesús. Perdonar y pedir perdón hace bien al corazón y la vida de cada ser humano que ha entendido el corazón mismo del evangelio. Es un ejercicio tremendamente liberador, que si bien es cierto es un camino difícil y complejo, que requiere de mucho coraje y valentía por quien lo vive, es una experiencia que ciertamente devuelve a la persona su dignidad y luminosidad. Porque cuando el alma se llena de sentimientos malos, ciertamente la vida se torna oscura y mezquina. Porque: ¿acaso el odio, el rencor, la venganza pueden ser una fuerza movilizadora para una  persona bien inspirada? Me temo que no.

¿Cuántas veces debo perdonar?, pregunta Pedro a Jesús (cf Mt. 18, 21-35) queriendo cuantificar la experiencia del perdón que ha de vivirse en el seno de la Comunidad de los discípulos. El perdón no tiene límites, dice el Señor, debe ser “setenta veces, siete”, siempre, y realizado con todo el corazón. Al perdón sin límites de Dios para con la criatura, equivale el perdón que ha de ofrecer el discípulo a quien lo ha ofendido.

Debemos profundizar esta experiencia del perdón en nuestra vida cotidiana. No es sólo un tema de fe (sin bien es cierto lo exige Jesús a quienes lo siguen y lo tienen como su Maestro para vivirlo en la Comunidad), sino también es una experiencia que hace bien vivirla en las relaciones humanas cotidianas, pues el perdón es capaz de romper el círculo vicioso que puede darse cuando se anidan sentimientos de rencor, venganza y odio como a veces nos toca experimentar.

Los padres deberían enseñar de continuo a sus hijos a vivir la doble y noble experiencia de PERDONAR y PEDIR PERDON. Perdonar cuando dos hermanos se han atacado y han tenido malos entendidos, de manera permanente y continua. Y  pedir perdón cuando uno ha ofendido al otro en un acto de coraje y audacia. Este mero ejercicio cotidiano, me parece puede construir en la persona una estructura humana que lo puede capacitar mejor para luego insertarse en la sociedad y vivir en esta dimensión la vida de cada día.

Hace falta desactivar esas “bombas existenciales negativas” que a veces se pueden incrustar en nuestro ser para que la vida tenga una dimensión más luminosa y plena. El odio, la venganza, el rencor, nada aportan, sólo limitan y llevan muerte a la persona.  En cambio el camino del perdón, aun cuando siendo complejo y difícil, siempre traerá algo mejor para la persona y su red de relaciones, sea la familia, la sociedad o la misma comunidad cristiana.


Vivamos esta dimensión de la vida, con la intensidad y la originalidad, con la que nos la pide el mismo Jesús: setenta veces siete. Y de seguro que muchas experiencias hermosas podrán nacer en nuestros corazones.

lunes, 25 de agosto de 2014

LA TRAVESIA DE LA VIDA



La vida humana, nuestra existencia cotidiana, se parece, muchas veces, a esa travesía que hacemos cuando nos internamos mar adentro y de repente se produce una enorme tempestad y la barca comienza a sacudirse violentamente. Entra el pánico, cunde el miedo, se acaban las seguridades, quedamos a la deriva.

¿A quién no le ha pasado alguna vez vivir esta experiencia límite de una barca (su vida) que se hunde o es fuertemente zarandeada por el fuerte oleaje de una sociedad que cambia vertiginosamente, de ciertas convicciones que se caen, o sencillamente, de un proyecto de vida que se viene al suelo? ¿Cuántas veces sentimos que la marea es demasiado grande que nuestra barca va a sucumbir y sencillamente se va a hundir?

Nos podemos preguntar: ¿Cómo está la barca de nuestra vida? ¿Amenaza hundirse en el fragor de la lucha cotidiana o de una experiencia relevante que me ha colapsado? ¿La siento con viento en contra porque todo aparentemente se desarrolla precisamente en la dirección contraria a lo que pienso y espero? O, por el contrario, ¿mi barca está tranquila, vive una cierta bonanza, con el ímpetu intacto para remar mar adentro y salir a conquistar otros mares y otras latitudes?

La barca donde iban los apóstoles estaba siendo sacudida fuertemente porque tenían viento en contra. Aparentemente estaban solos, porque Jesús se había quedado en tierra segura, en la montaña, solo, orando a su Padre. En eso están, cuando Jesús viene sobre ellos caminando sobre las aguas. Creen ver un fantasma y se asustan. Jesús los tranquiliza, pero no es suficiente, Pedro lo desafía a ir donde él caminando sobre las aguas, ante lo cual Jesús le anima a iniciar la travesía.

En eso está Pedro, cuando de repente le invade la sensación que el desafío es enorme, que el viento es demasiado contrario y tuvo miedo. Y comenzó a hundirse. Esa fue su sensación y experiencia.

Puede ser la experiencia tuya o mía en este momento.

Desafíos enormes, viento contrario, miedo que nos paraliza, sensación que nos hundimos. Es la realidad de muchos, que simplemente colapsan ante la vida que siempre es apuesta, aventura y desafío.

Nos hundimos, como Pedro, cuando quitamos la mirada a Jesús y comenzamos a centrarnos en nosotros mismos. Nos hundimos porque quedamos pegados en el mar de nuestras dudas y fragilidades, problemáticas y oscuridades. A veces inmersos, en demasía, en nuestros problemas y angustias. No caemos en la cuenta, que Alguien nos va a prestar su mano para sostenernos, cuando gritemos desde el fondo del alma: “Señor, sálvame”.

No cabe duda, para quienes hemos recibido el don de la fe, que Alguien nos tiende la mano e impide que nos hundamos. Nos sostiene y nos capacita de continuo para hacer frente a los mares turbulentos que la sociedad actual nos puede presentar. La fe nos permite sortear y enfrentar con una luz distinta los desafíos de la vida. Ella seguirá siendo una montaña alta que deberemos escalar, o, a veces, un mar que nos sacude de un lado para el otro, pero, indefectiblemente, en la hora de las turbulencias, esa MANO se hará evidente en nuestra existencia y nos capacitará para internarnos mar adentro en la búsqueda de lo nuevo y desconocido.

La fe nos permite caminar, aún cuando, nuevamente la barca sufra otros oleajes. Así es la vida: Camino por andar, experiencias por vivir, sentidos y horizontes por descubrir. Al final, en el acto de fe, el viento se calmará y nos postraremos delante de Jesús para realizar el acto de adoración final, en la perspectiva que nuestra adhesión a él, nos permitirá y facultará para proseguir la travesía de la vida.

Una y otra vez, en la travesía de la vida, a pesar que sintamos que nos hundimos, Alguien nos pasará su mano y sortearemos el viento en contra.

Esa es nuestra convicción y nuestra fe.


jueves, 31 de julio de 2014

JESUS Y EL REINO



En tres domingos consecutivos, a través del Evangelio de Mateo 13, Jesús nos ha venido hablando del Reino, haciéndolo de manera creativa, original y novedosa, a través de siete parábolas, lo que da cuenta de su pedagogía para transmitir un mensaje de manera sencilla y profunda a la vez, que tanto la multitud como los discípulos pueden comprender cabalmente.

Las parábolas han sido la del sembrador; el trigo y la cizaña; el grano de mostaza; la levadura en la masa; el tesoro escondido en el campo; la perla preciosa y la red que se echa al mar. En ellas, Jesús no define taxativamente lo qué es el Reino, sino que lo va describiendo: Se parece a … nos dice, a través de las cuales nos va mostrando la fisonomía que tiene el Reino que él está anunciando.

El Reino, es una semilla que se siembra en todos, nadie de antemano está vedado o exento de él, sino que dependerá del nivel de respuesta y acogida que se tenga a la semilla sembrada, así será también el fruto que se obtenga.

El Reino es un llamado a la paciencia y a la tolerancia (trigo y cizaña) evitando caer en la clasificación de buenos y malos, sin más, como si hubieran algunos que son puro trigo y otros pura cizaña (y no tuviéramos de ambos en nuestra vida), guardando la paciencia necesaria hasta la cosecha final donde se separen verdaderamente el trigo de la cizaña.

El Reino crece en lo pequeño, lo insignificante, lo minúsculo y lo sencillo (grano de mostaza). En él brilla la fuerza de la debilidad, para la cual no podemos apoyarnos en el recurso del poder para llevar adelante el cometido de la evangelización. El Reino crece de manera oculta y silenciosa y CRECE a pesar que nosotros no advirtamos dicho proceso.

El Reino conlleva por dentro un germen de transformación profunda, hasta tal punto que su poder puede fermentar toda la masa (la levadura) creando una realidad nueva sin injusticia, opresión e idolatría. De igual forma, todo discípulo ha de ser presencia transformadora en el mundo. Ir contracorriente, proponer algo nuevo y alternativo al modelo de sociedad que se basan en el dinero, el mercado, la insolidaridad, la competencia o el individualismo.

Estas parábolas (el sembrador, el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura), son una invitación a la fe y la esperanza en la fuerza que se encierra en el Reino de Dios. Un cristiano no debería perder la fe y la esperanza a pesar de la aparente impotencia del Evangelio en el que a simple vista nada cambia, todo sigue igual o incluso peor en algunas situaciones. Fe y esperanza aunque se torne todo oscuro a nuestro alrededor.

Ha de ser nuestra convicción que con Cristo ha entrado una levadura y un grano de mostaza en el mundo capaz de renovarlo todo.

Con las parábolas del tesoro y la perla preciosa, estamos al frente de alguien que ha descubierto el proyecto del Padre, que no es otra cosa que conducir a la humanidad a un mundo más justo, fraterno y dichoso encaminándolo hacia su salvación definitiva. Y esto provoca un gran gozo y alegría, pues la persona ha encontrado un sentido nuevo para su vida, transformándose el Reino en algo paradigmático sobre el cual se construye todo el edificio de la existencia.

Ser cristiano no significa vivir de ritualismos o moralismos, sino identificarse y experimentar lo que Jesús HIZO  y DIJO en su vida pública. Comportarse como él, tener sus actitudes, realizar sus gestos, asumir a los excluidos, tender la mano al caído, ejercer la misericordia con el que ha sido maltratado y asaltado en el camino.

Jesús nos habla del Reino, o sea de él mismo y de su mensaje. El Reino es lo fundamental y lo único necesario. Lo que vale la pena. Lo definitivo. Lo que hay que comprar, vendiendo todo lo demás. Quien hace esto, entonces es un apasionado del Reino, por cuanto es capaz de relativizar todo lo demás y poner como absoluto el proyecto del Padre diseñado y anunciado por Jesús.


Que venga su Reino sobre nosotros y que él crezca cada día en nuestros corazones. 

miércoles, 23 de julio de 2014

VENGAN A MI LOS QUE ESTAN CANSADOS



¿Cuántas veces nos experimentamos cansados, fatigados, agotados, no sólo física, sino también anímicamente? ¿Cuántas veces hemos experimentado situaciones en la vida que nos agobian, es decir, que se convierten en un peso demasiado grande, difícil de cargar, un peso que parece hundirnos y aplastarnos? Una larga y dura enfermedad; el inmenso vacío y soledad interior que me produce la pérdida de un ser querido; un problema que se prolonga y parece insoluble; un fracaso duro de asimilar; la pérdida del trabajo; una dura prueba espiritual que se prolonga por meses o años; las continuas y repetidas caídas –“siempre en lo mismo” – que desaniman y desesperanzan; la soledad que me agobia; un pecado muy fuerte que no me puedo perdonar; una responsabilidad que me sobrepasa; alguien que me hace la vida imposible; la partida de un  hijo a horizontes insospechados, la noche oscura de la fe, el "silencio" de Dios que aparentemente me ha abandonado, etc. ¡En cuántas situaciones como éstas el espíritu puede flaquear, llevándonos a experimentar ese “ya no puedo más”!

Es claro que hoy día por el frenesí de la vida, es muy probable que muchos podamos caer en un cansancio existencial que agobie el corazón. Sin saber para dónde marchar, en quién sujetarnos, a qué recursos echar mano, podemos sentir que estamos en un callejón sin salida, en un túnel en el cual todo es sombrío y oscuro. Es la realidad que muchos hombres y mujeres viven hoy día, en esta sociedad de la tecnología, el impersonalismo y el aislamiento.

Al experimentarnos cansados y agobiados, lo primero que quisiéramos es encontrar el descanso del corazón, tener paz, hallar a alguien en quien apoyarnos, alguien cuya compañía sea un fuerte aliento para perseverar en la lucha, alguien en cuya presencia vea renacer mi vigor, alguien que me devuelva la fuerza para levantarme y caminar.

¡Qué enorme bendición y tesoro son los verdaderos amigos, en los que podemos hallar el apoyo y descanso para el espíritu agobiado! ¡Pero cuántas veces sentimos que nos hace tanta falta ese apoyo, cuántas veces buscamos consuelos de momento que luego nos dejan más vacíos y agobiados, o cuántas veces preferimos encerrarnos en nuestra soledad haciendo que nuestra carga en vez de aligerarse se torne cada vez más pesada, imposible de cargar!

“¡Ven a Mí!”, te dice el Señor cuando te experimentes fatigado(a), agobiado(a), invitándote a salir de ti mismo(a), a buscar en Él ese apoyo, ese consuelo, esa fortaleza que hace ligera la carga. Él, que experimentó en su propia carne y espíritu la fatiga, el cansancio, la angustia, la pesada carga de la cruz, nos comprende bien y sabe cómo aligerar nuestra propia fatiga y el peso de la cruz que nos agobia. Si buscas al Señor, en Él encontrarás el descanso del corazón, el consuelo, la fortaleza en tu fragilidad. Y aunque el Señor no te libere del yugo de la cruz, te promete aliviar su peso haciéndose Él mismo tu cireneo.

De cualquier modo, la fuerza que necesitamos permanentemente para hacer frente a los desafíos de la vida, del trabajo, de las relaciones interpersonales, de las relaciones afectivas, en fin, para llevar adelante el enorme y lindo desafío de SABER VIVIR, vamos a encontrar una energía suprema en el contacto con Dios y en la mirada compasiva hacia nuestro propio corazón.

Por eso, con el salmista podemos decir con toda propiedad y convicción: ¡SOLO EN DIOS DESCANSA MI ALMA! Y se hace evidente que la invitación de Jesús de dejar en él nuestro cansancio será el mejor antídoto para esos momentos de estrés, depresión, abulia, inconformismos, tristezas y soledades. En el Señor, descansará nuestro corazón. A él le presentaremos nuestra historia para que la redima, la sane y la purifique. Vengan todos … los que adhieren a mí, los que me han encontrado y son felices a mi lado, los que buscan valores más profundos, los que tienen el corazón roto, los que todavía no me encuentran, en fin, vengan todos, porque mi corazón es manso y mi yugo llevadero.

En suma, porque en el corazón de Jesús cabemos todos, sin excepción y no sobra nadie, en especial, a quienes la vida los ha tratado con dureza y rigurosidad.


VENGAN A MI ….. les espero. Jesús. 

lunes, 30 de junio de 2014

PEDRO Y PABLO: DOS VOCACIONES, DOS MISIONES


El domingo 29 de junio, hemos celebrado la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, dos columnas básicas sobre las cuales se forjó la Comunidad Cristiana en torno a la figura de Cristo Resucitado.

¿Qué representan Pedro y Pablo? ¿Qué nos dicen sus figuras a nosotros hoy día?

Ambos tuvieron la gracia de haberse encontrado “personalmente” con el mismo Jesús, claro que de modo diverso como lo vamos a ver.

Pedro, en la orilla del lago Galilea, mientras ejercía su oficio de pescador, recibió el llamado de Jesús para ser “pescador de hombres”. Pablo, camino a Damasco, mientras perseguía ferozmente a los cristianos, recibe la revelación de ser llamado para ser apóstol de Jesucristo. El primero, Pedro, compartió con Jesús esos tres años donde el Maestro se dedicó a predicar la Buena Noticia del Evangelio. Pablo, si bien no conoció a Jesús, ni tuvo, por lo mismo, trato directo con El, legítimamente se hace llamar APOSTOL, en la misma condición de Cefas, Juan, Santiago, Andrés, por cuanto se sabe depositario de una llamada personal y de una misión insoslayable que lo constituye “verdaderamente” en Apóstol como él mismo lo consigna en sus escritos (1Co 9,1 ; 1Co 15, 5-8), en donde Pablo dice que también él tuvo una visión del Señor resucitado “y después de que el Señor se apareció a Cefas, los Doce, a más de quinientos hermanos … en último término se apareció a mí, como a un abortivo”, llega a decir.

Pedro y Pablo representan dos vocaciones, dos carismas, dos tareas, dos “sensibilidades” dentro de la Comunidad fundada por el Señor Resucitado. Son dos misiones que se complementan y se enriquecen. Pedro, tiene el carisma de crear la comunión y la unidad dentro de la Comunidad y ser el primero entre iguales. En él se consolida la Comunidad, porque es la piedra sobre la cual el Señor funda SU Iglesia. Tiene la misión de lograr la cohesión, que fluyan los carismas dentro de la Iglesia y de darle el sostén que ella necesita para llevar a cabo su misión. Pedro, hoy Francisco, es quien tiene la misión de asegurar que la Comunidad esté cohesionada en torno a la PIEDRA ANGULAR que es Cristo, en la diversidad de carismas y ministerios que el mismo Señor va suscitando.  

Pablo, ese fariseo empedernido y fanático, es el prototipo de una Iglesia que está llamada a evangelizar por todos los confines de la tierra. Una Iglesia en “salida” como la quiere Francisco, de tal manera que lleve a todos los rincones de la humanidad, de manera humilde y sencilla, la ALEGRIA DEL EVANGELIO, en particular a los pobres de este mundo. En Pablo, nos vemos reflejados todos nosotros, para tomar las “banderas” del Evangelio y compartirlas con todos aquellos que buscan sentido para sus vidas. En Pablo, somos interpelados hoy día para buscar nuevos “aerópagos” en donde se proclame el Evangelio de las bienaventuranzas que el nuevo Moisés, Jesús, nos dejó desde la Montaña santa.

Un aspecto relativo al llamado y la vocación me parece útil destacar en Pedro y Pablo. En ambos, sobresale la gratuidad del llamado que les hace el Señor. Pedro, después de su decisión generosa de dejar las redes, niega al Señor en la pasión, será al final, cuando declare su amor intenso por Jesús, cuando sea confirmado para apacentar las ovejas que se le confían. Al final, Pedro sabrá que será la gracia, solamente ella, la que le sostendrá en su respuesta al llamado de Jesús. Pablo, con mayor razón, tiene conciencia de la gratuidad de su llamado por cuanto en él operó simplemente la libre elección del Señor en una persona que precisamente estaba en la otra trinchera, persiguiendo tenazmente a los primeros cristianos.

Estas vocaciones, nos dejan una hermosa lección para nosotros. Somos llamados por pura gracia, no por méritos y nuestra fidelidad se sustenta, sólo y exclusivamente, en que el Señor NUNCA retira su llamado y predilección por cada uno de nosotros.

Ambos, nos recuerdan la necesidad de construir la unidad y la comunión sin sofocar la diversidad, y la imperiosa necesidad de “salir” con el Evangelio en la mano, a proclamar buenas noticias a todos aquellos que las quieran escuchar.


Pedro y Pablo, dos llamados y dos misiones que necesitamos recrear y profundizar hoy día entre nosotros.

miércoles, 11 de junio de 2014

LA IRRUPCION DEL ESPIRITU




“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo,
y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu
les permitía expresarse … cada uno los oía hablar en su
propia lengua”

 Hech 2, 1.-11

 
Pentecostés era, en Israel, la fiesta de la recolección (cf. Ex 23, 16; 34,22). De agraria se convierte más tarde en fiesta histórica, en ella se recordaba la promulgación de la ley sobre el Sinaí. En ese día la ciudad de Jerusalén se llenaba de creyentes venidos a la festividad desde diferentes lugares. Los discípulos, temerosos, se hallaban reunidos, sin saber bien qué hacer; el don del Espíritu hará que proclamen la buena nueva a todos aquellos que se encontraban en la ciudad.
 
Al irrumpir el Espíritu Santo en este Pentecostés, algo nuevo comienza a nacer y a suceder. Atrás queda el miedo, nace la audacia evangélica, los discípulos salen en misión, hablando distintos idiomas son capaces de entenderse, un viento fuerte sopla sobre ellos, se echa a andar una inigualable aventura que desafiaría después las mismas bases del Imperio de aquella época. Ese soplo divino, provoca que aquellos hombres temerosos, logren dar testimonio coherente de su fe con el martirio mismo. Son perseguidos, martirizados, acallados, pero jamás derrotados. Irrumpió sobre ellos esa FUERZA QUE VIENE DE LO ALTO que los llevará a ser testigos en “Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hech 1,8).
 
Es el Espíritu Santo que da vida nueva, que provoca la desinstalación, que renueva y dinamiza, Espíritu que provoca la unidad en la diversidad y que llena el corazón con el Amor primero. Espíritu que pone las palabras adecuadas en los predicadores y testigos, para decir la palabra adecuada y el gesto oportuno. Espíritu que provoca, compromete y fecunda toda acción hecha con buena voluntad. Espíritu que promueve los cambios, que genera una criatura nueva y que hace todas las cosas de nuevo.
 
La irrupción del Espíritu hace libre al discípulo y fortalece en la misión al testigo. Espíritu que sopla donde quiere y que nos hace hablar, nos ayuda a recordar y nos enseña todo aquello que Jesús nos ha dejado en su Palabra y su Vida. El Espíritu es la memoria viviente de la Iglesia, el cual le ayuda para que ésta no se mundanice viviendo las mismas categorías que el mundo pregona. El Espíritu nos permite comunicarnos con el Padre y pone en nuestra boca y labios lo que de verdad debemos pedir y suplicar.
 
Cuando irrumpe el Espíritu en las personas y Comunidades y éste se queda en ellas, hay lugar para la esperanza y el amor. Los corazones se llenan de amor y fluye en ellas la creatividad, la audacia, la vida, la originalidad, el retorno a las fuentes inspiradoras y el Evangelio se hace norma de vida. Se instala en ella una dinámica de búsqueda permanente, hay capacidad para leer y discernir los signos de los tiempos, se encuentra espacio para el compromiso renovador y no se teme al futuro, más aún, se lo adelanta y se lo busca con ahínco y esmero. Cuando el Espíritu hace su estreno en personas y Comunidades, hay espacio para la crítica, el disentir y la búsqueda compartida de la verdad. Hay lugar para el diálogo y el respeto a la diversidad y el pluralismo es una riqueza que se valora en cuanto tal.
 
Si el Espíritu sopla en las personas y las Comunidades, se vence la rutina, la pasividad y la inercia. Siempre hay espacio para la búsqueda conjunta y nadie tiene el monopolio de la verdad. Se vive en un espíritu ecuménico y hay respeto por la persona en cuanto ella es una originalidad querida por Dios. Con el Espíritu nos hacemos fuertes y comprendemos al débil y caído. Vamos en misión para anunciar el Evangelio de la misericordia y el perdón. Se comienzan proyectos liberadores que tienen que ver con el dinamismo intrínseco que emana del mismo Evangelio interpelador del Maestro.
 
Si irrumpe el Espíritu en las personas y Comunidades, los pobres tienen razón para tener esperanza y la solidaridad se hace camino habitual de vida. La autoridad se hace servicio y los últimos son los primeros. Se comparte el pan, nadie pasa hambre y la vida se hace llevadera. Con el Espíritu, hay vida nueva, los corazones rebosan de alegría y cada cual vive su ministerio y su carisma en beneficio del bien común. La liturgia se transforma en fiesta, profecía y encuentro y los templos se llenan de un nuevo dinamismo y brota de ellos un agua pura que dará vida a quienes participen de él.
 
Cuando irrumpe el Espíritu, por cierto una primavera se instala en la Iglesia, en la sociedad y en el mundo. Algo brota, mucho se renueva, todo cambia. Algo se transforma, nacen nuevas intuiciones, el hombre se hace más humano y solidario. Es que el Espíritu es vivificador y da vida por doquier.
 
¿Necesitaremos invocar y suplicar que el Espíritu irrumpa sobre nosotros? Por cierto que si. Es mi convicción y súplica de cada día.
 
Pidámoslo de continuo, cada día. Si él llega con abundancia de dones, entonces otro Pentecostés estará acaeciendo entre nosotros. Así lo esperamos y así lo deseamos y añoramos.
 
¡Irrumpe sobre nosotros, Santo Espíritu de Dios!