jueves, 4 de junio de 2009

ESPIRITU SANTO, ENTRA EN MI CASA



BIENVENIDO, ESPIRITU



Bienvenido, Espíritu. ¡Eres Tú!
Pasa, no te quedes a la puerta. Pasa hasta la sala de estar.
Toma asiento, vamos, con toda confianza.
No sabía si vendrías. Lo esperaba, bueno, lo deseaba, pero dudaba:
pensaba si serías sólo para los importantes, los sabios, los santos, los perfectos ...
Veo que vienes a todas las casas, las grandes y las pequeñas.
Tenía esperanza, pero a veces me asaltaba la duda.
¿Vendrá también a mi casa, tan pobre, tan pequeña?
No sabes cuánto me alegro.
Has venido, ya estás aquí. No eres un lujo ni un regalo caro.
Has venido y estamos aquí juntos. ¡Casi no me lo puedo creer!
Te enseñaré mi casa, ¿quieres? Está un poco abandonada, ya lo ves.
Algo de polvo que siempre entra. Mucho desorden.
Ropa sucia que no acabo de lavar.
Hay también barro en los rincones y en el pasillo.
Quizás Tú, que eres aire fino y persistente, lo limpies todo.
No tengas miedo de soplar.
Hace frío, ¿verdad?
Si, no es una casa caliente. Hay poco ambiente aquí dentro.
Quizás Tú, que eres fuego, la puedas caldear y ambientar.
No tengas miedo de arder y calentar todas las habitaciones.
Me gustaría repartir calor a todos los que vengan donde mí.
¿Para cuánto tiempo vienes?
¡Ojalá te quedes mucho rato! Tenemos tanto que hablar ...
Puedes quedarte todo el día, y mañana, y pasado mañana.
¡Ojalá no te vayas nunca! ¡Ojalá no te eche nunca!
No te vayas aunque te eche, te lo suplico.
Me agrada que estés aquí, los dos juntos mano a mano.
Tengo tantas cosas que contarte ... ¡Mil proyectos!
Y quiero remover mi casa de arriba abajo.
Te lo contaré todo. Pero el caso es que ahora mismo no se me ocurre nada.
Estoy contigo y tengo tanto que decirte ...
Pero me emociono y no me sale nada.
Estoy a gusto junto a Ti. No sabes la ilusión que me hace tu visita.
Dicen que Tú haces profetas. No sé bien lo que puede ser eso, pero lo intuyo. Hombres que nunca están quietos. Mujeres que rompen moldes y no repiten la historia.
Siempre andando en busca de lo nuevo más allá de los senderos trillados.
Dejarlo todo, superarlo todo, darlo todo ... Y abrir caminos.
Estoy un poco lejos de esas maravillas con esta casa tan sucia y tan desambientada.
Pero si Tú has venido pensarás que ha llegado el momento.
Me gustaría. De verdad que me gustaría, ¡te lo juro!

A. Loidi.

lunes, 25 de mayo de 2009

CON LOS PIES EN LA TIERRA Y LOS OJOS EN EL CIELO





“Después de decirles esto, el Señor Jesús
fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios”

Mc. 16, 19




En la Ascensión del Señor en cuerpo y alma al cielo, contemplamos la meta final a la que camina la humanidad y cada ser humano. Estamos en la tierra, para ello se nos confió una misión de ir por todo el mundo para predicar el evangelio a toda la creación, sin embargo nuestro camino definitivo y total tendrá su sentido en la estancia suprema que es el cielo y a la cual Jesús nos ha ido a preparar un lugar preferencial.

La Ascensión, nos invita a unir la tierra y el cielo. Nos recuerda nuestro compromiso histórico como cristianos de trabajar por la liberación integral del ser humano (arrojarán a los demonios … impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán …) y, al mismo tiempo, acentúa esta dimensión de “peregrinos”, de una Iglesia que está de tránsito y que vive de la esperanza y la eternidad como estancia final y plena.

Una cita de A. Grun me parece iluminadora al respecto: “Claramente la liturgia entiende la ascensión como si nosotros, que estamos encerrados en nosotros mismos o encadenados por Satán, fuéramos elevados por Jesús. A menudo vivimos sobre la Tierra cautivos en la prisión de nuestros miedos y nuestra tristeza. Estamos atados a nosotros mismos, entretejidos en el vaivén de nuestras emociones, necesidades y pasiones, en nuestra culpa y sentimiento de culpabilidad. Estamos involucrados en relaciones confusas, en intrigas y mascaradas. Estamos pegados a nosotros mismos, a nuestro orgullo, que nos prohíbe reconocer la propia verdad. Estamos encadenados a nuestro cuerpo, que nos mantiene a menudo sujetos. En su ascensión al Cielo, Jesús depositó su mano sobre nosotros, nos cautivó con su amor. Y así fue como transformó nuestra prisión. Nos llevó consigo en su amor. Nuestra prisión, nuestra oscuridad, nuestro frío, nuestra soledad, nuestro alejamiento, todo ello Cristo en su ascensión lo introdujo en el terreno divino, en el Cielo, en el espacio del amor de Dios. Hasta allí hemos sido elevados, superándonos a nosotros mismos, y ahora ya estamos en casa” (La resurrección de cada día”, p 100).

Dejémonos, pues, que Jesús nos lleve al Cielo para que así podamos ser auténticamente humanos y libres.

Se lo pido de corazón al Señor. Tómame Señor y llévate todo lo mío. Mientras sigo caminando con los pies en la tierra, muchas veces pegados en el barro, pero con los ojos y el corazón puestos en el Cielo para siempre.

martes, 12 de mayo de 2009

EL SUEÑO DE DIOS: DAR FRUTOS

Aquí se fue gestando esta bendición de Dios
que El nunca retirará.




"La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto
abundante, y así sean mis discípulos"


Jn. 15, 8



La alegoría que usa Jesús de la vid y los sarmientos, haciendo referencia a la relación que ha de darse entre el discípulo y El, me hace pensar en el SUEÑO DE DIOS para con cada uno de nosotros.

Cuando nuestra madre nos estaba gestando en su vientre, se fue dibujando en su seno una nueva criatura, única e irrepetible, sobre la cual Dios fue colocando su huella para dotarla de una potencialidad que se debería desarrollar y alcanzar en el transcurso de la vida. Ya dentro del vientre de nuestra madre, Dios nos miró con cariño, nos amó primero y nos llenó de su imagen para darnos la capacidad de entregar nuestro propio aporte en beneficio de los demás.

En esta marca registrada, que somos cada uno, Dios tiene un sueño y éste no es más que cada ser humano pueda DAR FRUTOS ABUNDANTES, alcanzando toda su potencialidad y grandeza de acuerdo a lo que Dios nos regaló a cada cual.

Y este es el desafío, alcanzar la plenitud de la vida, dando frutos concretos en la vida.

Ocurre que a veces no damos los frutos esperados. Razones pueden haber muchas. Algunos queriendo desarrollarse más, no encuentran el espacio o la oportunidad adecuada en la sociedad y se quedan o los dejan a mitad de camino en su desarrollo humano. Otras personas, quieren crecer, pero basan todo su potencial en las fuerzas propias y aquí cabe la palabra de Jesús que nos dice “ustedes sin Mí no pueden hacer nada”.

En más de alguna ocasión, queremos dar frutos, vivir a “concho” nuestra vida, pero se asoma hasta nosotros esa cara oculta que nos martiriza y que tiene que ver con nuestra fragilidad e inconsecuencia. Aquí suena interpeladora esa frase del apóstol Pablo “queriendo hacer el bien que quiero, hago el mal que no quiero”. Con el apóstol uno se pregunta, “¿qué me pasa?” Y claro, junto con Pablo caemos en la cuenta que ante la debilidad se hace más potente y necesaria la fuerza de Dios, para que de esa manera no nos vanagloriemos en las capacidades humanas, siempre tan limitadas y mediocres, sino que brille la gracia de Dios.

Aún así, y teniendo en cuenta todas las variables, de diversa índole, que hoy se pueden estar asomando a nuestra vida y que a lo mejor nos están impidiendo DAR FRUTOS, debemos renovar nuestra ilusión que el Señor nos quiere a su lado y que estando junto con El, arraigados plenamente en El, tomados de su mano, tendremos la fortaleza y la sagacidad suficiente para no rompernos en el camino y seguir soñando con una vida mejor, para uno y para los demás.

Más allá de la mediocridad evidente del ambiente, de las personas que a veces nos rodean y de la indolencia de nuestra parte por dejarnos podar por el Señor, estemos seguros que HOY nuevamente el Señor me invita a vivir a cabalidad el sueño que El tiene para con cada uno, llegar a ser para lo que fuimos creados y sobre lo cual nos fuimos gestando en el vientre materno.

La mano de Dios quedó registrada para siempre en nuestro ser y esa es nuestra alegría que nadie ni nada podrá cambiar.

domingo, 3 de mayo de 2009

PASTORES Y OVEJAS

Pastores que aman y sirven a su pueblo.
Ovejas que siguen con alegría a su PASTOR.





“Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida
por sus ovejas … conozco a mis ovejas, y mis
ovejas me conocen a mí”


Jn. 10, 11.14




Usando una metáfora muy expresiva y ampliamente conocida por muchos, Jesús se autodefine como “EL BUEN PASTOR”, no sólo es “EL” Pastor, sino que también es “BUENO”, de El sólo puede provenir el amor, la bondad y el amor para con sus ovejas. Es el Buen Pastor que está dispuesto a dar la vida por sus ovejas. Las conoce a cada una de ellas, es decir, las ama entrañablemente, por cuanto “conocer” en la biblia significa “amar entrañablemente, con todo el corazón”. Así nos conoce Jesús a cada uno.

Como Buen Pastor no deja botadas a las ovejas cuando advierte un inminente peligro, no así como lo hace el “asalariado” que sólo trabaja por el dinero y que nada le importa la vida de las ovejas.

Entre el Buen Pastor y las ovejas, se da una dinámica relacional íntima y profunda. Se miran mutuamente, se compenetran, se atraen, se necesitan, son el uno para el otro. Pastor y ovejas conforman un solo corazón, se conocen mutuamente, es decir, se aman recíprocamente.

Y este Buen Pastor, tiene otras ovejas que están en otros rebaños y a las cuales sale a buscar para que pertenezcan a su único rebaño, así habrá sólo un Pastor y un solo rebaño. A estas ovejas, el Pastor bueno también las quiere conducir, les quiere llevar a pastos verdes y darles vida en abundancia.

Así es el Buen Pastor: El da la vida, conoce y ama entrañablemente, conduce y acompaña a sus ovejas, sale a buscar a las lejanas y quiere ser Pastor de un solo rebaño.

En esta imagen entrañable del pastor y las ovejas que usa Jesús, podríamos mirarnos también nosotros y mirarnos todos que tarde o temprano nos tocará ser, indistintamente, pastores y ovejas.

Como oveja, ¿conozco y amo a Jesús hasta las entrañas? ¿Soy una oveja díscola y que me he ido a meter a otros rebaños siguiendo otros “seudo pastores”? ¿Soy una oveja herida que necesita ser rescatada por el Buen Pastor?.

Pero también hemos de ser pastores. Lo serán los papás y mamás en la conducción y acompañamiento de sus hijos. También serán pastores quienes educan y hacer salir lo mejor de si a sus alumnos. Pastores son los líderes de un sindicato, de una junta de vecinos, de un club deportivo. ¿Estos pastores están dispuestos a dar la vida por sus ovejas? Serán pastores los religiosos y presbíteros a quienes se les encomendará acompañar y amar a sus ovejas, ¿estaremos ejerciendo bien este ministerio? Pastores, buenos han de ser, aquellos que ejercen la política y ejercen cargos públicos. Estos pastores ¿aman a su pueblo?, ¿conocen a sus ovejas?, ¿las protegen y las cuidan? ¿Son verdaderos pastores porque pastorean al pueblo y les mueve dignificar la vida de sus ovejas? ¿O son asalariados y sólo buscan sólo su bien personal y se apartan de su pueblo dejándolos abandonados cuando ven en peligro su propia integridad?

Seamos buenos pastores, como lo es el BUEN PASTOR y no asalariados que sólo nos interesa el bien personal y abusamos de las ovejas encomendadas.

Pastores en el estilo y la forma de Jesús. Dando la vida. Y ovejas que vamos tras el Buen Pastor porque así tendremos vida plena.

martes, 14 de abril de 2009

NO ESTA MUERTO, ESTA VIVO


“¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?
No está aquí. Resucitó”

Lc. 24, 5-6


La muerte de Jesús había acabado con la fe de los apóstoles y había destruido la Comunidad de aquellos que creían en el Mesías, prueba de ello es que habían abandonado al Señor, todos se habían dispersado y el miedo cundía entre ellos. Todo se había acabado. La desolación y la tristeza era el fenómeno que rondaba entre ellos, si no, es cosa de contemplar la disposición interior de los discípulos de Emaús, que en el camino comentaban con desesperanza todo lo que había sucedido en Jerusalén.

¿Qué sucedió, entonces, para que esos hombres se transformaran radicalmente y se volvieran intrépidos, generosos, valientes y audaces en la proclamación del Evangelio? ¿Por qué esas primeras comunidades vivían la utopía del Evangelio y tenían “un solo corazón y una sola alma? (cf. Hech. 2, 42-47).

Lo que ocurrió fue sencillamente que ellos hicieron la experiencia del Resucitado, en su persona y comunitariamente. Cristo ¡estaba VIVO!, en sus corazones y en el seno de la Comunidad. Hicieron esa experiencia que les permitió darse cuenta que Dios no había abandonado a su Hijo y por eso pudieron constituir de nuevo la Comunidad que antes se había cercenado por la tragedia de la crucifixión de su Maestro.

En este contexto, la resurrección de Jesús es el hecho FUNDANTE que le da sentido y contenido a la experiencia nueva de cada discípulo, a la constitución de la Comunidad y a la fuerza misionera que nace de esta experiencia, profundizada después por la recepción del Espíritu Santo en los diferentes Pentecostés que nos trae el libro de los Hechos.

Así también, la presencia del RESUCITADO ha de ser para nosotros el hecho macizo que le de contenido y forma a nuestra fe personal, a la vida comunitaria y a la misión que como cristianos tenemos de llevar esta BUENA NOTICIA al mundo.

Se trata de tener una experiencia personal de Cristo Vivo. Si no es así, todo resultará anecdótico en nuestra fe. Nos quedaremos en la superficie del compromiso y por supuesto en muchas ocasiones nos inundará el miedo y la desazón cuando tengamos que levantarnos del sepulcro, tomar nuestra camilla y ponernos a caminar. Esta experiencia se hace indispensable. Nadie se embriaga leyendo sobre el vino, sino bebiéndolo. Sólo quien va a la FUENTE VIVA podrá beber hasta saciarse completamente. Es una experiencia que supone la gracia y también la respuesta del ser humano. No seremos cristianos de memoria, sino por una experiencia. Entonces, ¿ESTA VIVO CRISTO EN MI? ¿Es una llama que arde y me quema?

Los que hacen la experiencia de la resurrección, son criaturas nuevas, han hecho un camino pascual y por ende su experiencia de Comunidad estará marcada por este fenómeno nuevo. Hombres nuevos, forjarán Comunidades nuevas. Debemos trabajar para que nuestras Comunidades resuciten también con el Señor. Es la resurrección la que nos une y reúne, ningún otro fenómeno.

Y, al igual que María Magdalena, que sale corriendo anunciando que el sepulcro está vacío, de igual modo, la experiencia del Resucitado nos urge a salir corriendo para instalar en el mundo una CULTURA DE LA VIDA Y DE LA PAZ. Para hacer creíble que la muerte no puede enseñorearse entre nosotros y con nosotros.

La resurrección es una fuerza incontrarrestable que nos hace apostar por el cielo nuevo y la tierra nueva que añoramos. Es la utopía que nos impulsa. Es la energía que nos desborda para pintar de manera nueva el mundo, las relaciones humanas y salir al encuentro del mundo del pragmatismo, el individualismo y la avaricia para derrotarlo de raíz con la fuerza de la resurrección.

Abrele tu corazón a CRISTO VIVO para que realmente cada día resucites con El. Y no lo busques entre los muertos porque está RESUCITADO.

LA RESURRECCION: PROFECIA PARA ESTOS TIEMPOS

Una nueva creación surge en el Resucitado.
La muerte no puede contra la vida nueva que nace del Resucitado.


La LUZ disipó para siempre las tinieblas.
Que ella brille para siempre en tu corazón.





Para estos tiempos difíciles, en el que pareciera que un largo invierno se asomara entre nosotros, tanto en el mundo como en la Iglesia, la fuerza de CRISTO RESUCITADO, nos despertará del letargo y nos hará abrazar de nuevo los sueños y utopías que parecieran que están abandonadas en los baúles del pragmatismo, los cánones, los moralismos y los individualismos.


Por eso, te animo, a no encerrarte en la tumba de tus miedos e impedimentos. A remover la piedra que tapa el sepulcro y que son muchas veces los obstáculos que bloquean nuestra vida.


Si crees en la resurrección, entonces ábrete a lo imprevisible, a lo improbable, porque para ti también existirá el milagro de la resurrección.

Despierta del sueño envolvente que te inhibe y te hace ser parte de una cultura de la muerte. Despierta a la realidad.

Asume con pasión, este mundo nuevo que se levanta en la FUERZA DEL RESUCITADO. Ella es nuestra única fuerza.


Que hoy luzca potente la luz del RESUCITADO en tu vida.

miércoles, 8 de abril de 2009

SEMANA SANTA: ¿DESCANSO, RUTINA, OPORTUNIDAD?




En el Resucitado, seamos testigos de la vida.







Es Miércoles Santo.

Algunos ya se están preparando para el fin de semana largo que se avecina, unas pequeñas vacaciones que vienen muy bien. Otros se lamentan, porque les requisaron varias toneladas de mariscos contaminados que iban a comerciar en Semana Santa, con aquellos que afanosamente buscarán comer pescados porque así se acostumbra. Para otros, esta “Semana” será “más de lo mismo”. Se repetirán películas añosas por la televisión, se realizarán “Vía Crucis” en vivo, la liturgia seguirá su dinámica y al final, el pueblo cantará ALELUYA porque Cristo ha resucitado.

Y así, una Semana Santa más que habrá pasado por nuestra vida.

Ante esta realidad descrita más arriba, quizás conscientemente exagerada, pero no menos real en muchos casos, me pregunto ¿Cómo hacer que los signos y mensajes que celebramos en Semana Santa, vuelvan a expresar lo que verdaderamente significan para quienes nos declaramos cristianos, creyentes, y adherimos al Evangelio y a Jesús?

Porque si no lo hacemos así, o sea, si no hacemos el esfuerzo por desentrañar el MENSAJE que tiene celebrar a Cristo muerto y resucitado, puede que esta Semana no sea más que celebrar lo “mismo de siempre” conociendo de antemano el desenlace de todo y se quede en algo rutinario. Se trataría que esta Semana nos traiga un mensaje nuevo para el HOY de nuestra vida. Un proyecto nuevo, un nuevo estilo de vida que deberíamos abrazar, en fin, una Semana, mejor dicho un Triduo Pascual, que lo sepamos actualizar a nuestra realidad y hacer que también “acontezca” en nuestra vida.

Propongo dos significados, de los muchos que podemos extraer de esta Semana.

“Habiendo amado a los suyos, les amó hasta el extremo”, como Jesús, en donde toda su vida fue una ENTREGA total de si mismo al Padre y a sus hermanos, en el cual nada se reservó para si mismo, nuestra vida debería caracterizarse por esta nota característica del verdadero discípulo. Amar hasta el extremo, hasta las lágrimas, como Jesús martirizado y crucificado, es lo que podríamos redescubrir en esta Semana Santa. Amar hasta el extremo es amar al débil, al anciano, al pecador, al que está caído y es crucificado hoy día en una sociedad hostil e individualista. Es dar el corazón para que éste se vaya llenando de amor.

“Luego se puso a lavarles los pies a sus discípulos”, como Jesús, que no tuvo empacho en sacarse el manto, atarse la toalla a la cintura y ponerse a lavarle los pies a sus discípulos. Es el testamento del Señor para sus seguidores. Es el gesto emblemático que de ahora en adelante caracterizará a los que verdaderamente quieran ser cristianos. Se trata de vivir la vida “en clave samaritana”, sirviendo a los demás y teniendo un corazón solidario y misericordioso. Sobre todo hoy día donde muchos se van haciendo un becerro de oro al cual le adoran con particular intensidad y le entregan su tiempo, su corazón y sus decisiones.

El creyente que quiere seguir a Jesús, no puede sacarle el bulto al lavado de los pies. Tiene que saber que el “no vive para servir, no sirve para vivir”, aunque muchas voces nos digan lo contrario.

Ojalá que esta Semana Santa la vivas como una OPORTUNIDAD, es decir, como un tiempo nuevo para aportar aires nuevos a tu vida y a la de los demás.