jueves, 31 de julio de 2014

JESUS Y EL REINO



En tres domingos consecutivos, a través del Evangelio de Mateo 13, Jesús nos ha venido hablando del Reino, haciéndolo de manera creativa, original y novedosa, a través de siete parábolas, lo que da cuenta de su pedagogía para transmitir un mensaje de manera sencilla y profunda a la vez, que tanto la multitud como los discípulos pueden comprender cabalmente.

Las parábolas han sido la del sembrador; el trigo y la cizaña; el grano de mostaza; la levadura en la masa; el tesoro escondido en el campo; la perla preciosa y la red que se echa al mar. En ellas, Jesús no define taxativamente lo qué es el Reino, sino que lo va describiendo: Se parece a … nos dice, a través de las cuales nos va mostrando la fisonomía que tiene el Reino que él está anunciando.

El Reino, es una semilla que se siembra en todos, nadie de antemano está vedado o exento de él, sino que dependerá del nivel de respuesta y acogida que se tenga a la semilla sembrada, así será también el fruto que se obtenga.

El Reino es un llamado a la paciencia y a la tolerancia (trigo y cizaña) evitando caer en la clasificación de buenos y malos, sin más, como si hubieran algunos que son puro trigo y otros pura cizaña (y no tuviéramos de ambos en nuestra vida), guardando la paciencia necesaria hasta la cosecha final donde se separen verdaderamente el trigo de la cizaña.

El Reino crece en lo pequeño, lo insignificante, lo minúsculo y lo sencillo (grano de mostaza). En él brilla la fuerza de la debilidad, para la cual no podemos apoyarnos en el recurso del poder para llevar adelante el cometido de la evangelización. El Reino crece de manera oculta y silenciosa y CRECE a pesar que nosotros no advirtamos dicho proceso.

El Reino conlleva por dentro un germen de transformación profunda, hasta tal punto que su poder puede fermentar toda la masa (la levadura) creando una realidad nueva sin injusticia, opresión e idolatría. De igual forma, todo discípulo ha de ser presencia transformadora en el mundo. Ir contracorriente, proponer algo nuevo y alternativo al modelo de sociedad que se basan en el dinero, el mercado, la insolidaridad, la competencia o el individualismo.

Estas parábolas (el sembrador, el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura), son una invitación a la fe y la esperanza en la fuerza que se encierra en el Reino de Dios. Un cristiano no debería perder la fe y la esperanza a pesar de la aparente impotencia del Evangelio en el que a simple vista nada cambia, todo sigue igual o incluso peor en algunas situaciones. Fe y esperanza aunque se torne todo oscuro a nuestro alrededor.

Ha de ser nuestra convicción que con Cristo ha entrado una levadura y un grano de mostaza en el mundo capaz de renovarlo todo.

Con las parábolas del tesoro y la perla preciosa, estamos al frente de alguien que ha descubierto el proyecto del Padre, que no es otra cosa que conducir a la humanidad a un mundo más justo, fraterno y dichoso encaminándolo hacia su salvación definitiva. Y esto provoca un gran gozo y alegría, pues la persona ha encontrado un sentido nuevo para su vida, transformándose el Reino en algo paradigmático sobre el cual se construye todo el edificio de la existencia.

Ser cristiano no significa vivir de ritualismos o moralismos, sino identificarse y experimentar lo que Jesús HIZO  y DIJO en su vida pública. Comportarse como él, tener sus actitudes, realizar sus gestos, asumir a los excluidos, tender la mano al caído, ejercer la misericordia con el que ha sido maltratado y asaltado en el camino.

Jesús nos habla del Reino, o sea de él mismo y de su mensaje. El Reino es lo fundamental y lo único necesario. Lo que vale la pena. Lo definitivo. Lo que hay que comprar, vendiendo todo lo demás. Quien hace esto, entonces es un apasionado del Reino, por cuanto es capaz de relativizar todo lo demás y poner como absoluto el proyecto del Padre diseñado y anunciado por Jesús.


Que venga su Reino sobre nosotros y que él crezca cada día en nuestros corazones. 

miércoles, 23 de julio de 2014

VENGAN A MI LOS QUE ESTAN CANSADOS



¿Cuántas veces nos experimentamos cansados, fatigados, agotados, no sólo física, sino también anímicamente? ¿Cuántas veces hemos experimentado situaciones en la vida que nos agobian, es decir, que se convierten en un peso demasiado grande, difícil de cargar, un peso que parece hundirnos y aplastarnos? Una larga y dura enfermedad; el inmenso vacío y soledad interior que me produce la pérdida de un ser querido; un problema que se prolonga y parece insoluble; un fracaso duro de asimilar; la pérdida del trabajo; una dura prueba espiritual que se prolonga por meses o años; las continuas y repetidas caídas –“siempre en lo mismo” – que desaniman y desesperanzan; la soledad que me agobia; un pecado muy fuerte que no me puedo perdonar; una responsabilidad que me sobrepasa; alguien que me hace la vida imposible; la partida de un  hijo a horizontes insospechados, la noche oscura de la fe, el "silencio" de Dios que aparentemente me ha abandonado, etc. ¡En cuántas situaciones como éstas el espíritu puede flaquear, llevándonos a experimentar ese “ya no puedo más”!

Es claro que hoy día por el frenesí de la vida, es muy probable que muchos podamos caer en un cansancio existencial que agobie el corazón. Sin saber para dónde marchar, en quién sujetarnos, a qué recursos echar mano, podemos sentir que estamos en un callejón sin salida, en un túnel en el cual todo es sombrío y oscuro. Es la realidad que muchos hombres y mujeres viven hoy día, en esta sociedad de la tecnología, el impersonalismo y el aislamiento.

Al experimentarnos cansados y agobiados, lo primero que quisiéramos es encontrar el descanso del corazón, tener paz, hallar a alguien en quien apoyarnos, alguien cuya compañía sea un fuerte aliento para perseverar en la lucha, alguien en cuya presencia vea renacer mi vigor, alguien que me devuelva la fuerza para levantarme y caminar.

¡Qué enorme bendición y tesoro son los verdaderos amigos, en los que podemos hallar el apoyo y descanso para el espíritu agobiado! ¡Pero cuántas veces sentimos que nos hace tanta falta ese apoyo, cuántas veces buscamos consuelos de momento que luego nos dejan más vacíos y agobiados, o cuántas veces preferimos encerrarnos en nuestra soledad haciendo que nuestra carga en vez de aligerarse se torne cada vez más pesada, imposible de cargar!

“¡Ven a Mí!”, te dice el Señor cuando te experimentes fatigado(a), agobiado(a), invitándote a salir de ti mismo(a), a buscar en Él ese apoyo, ese consuelo, esa fortaleza que hace ligera la carga. Él, que experimentó en su propia carne y espíritu la fatiga, el cansancio, la angustia, la pesada carga de la cruz, nos comprende bien y sabe cómo aligerar nuestra propia fatiga y el peso de la cruz que nos agobia. Si buscas al Señor, en Él encontrarás el descanso del corazón, el consuelo, la fortaleza en tu fragilidad. Y aunque el Señor no te libere del yugo de la cruz, te promete aliviar su peso haciéndose Él mismo tu cireneo.

De cualquier modo, la fuerza que necesitamos permanentemente para hacer frente a los desafíos de la vida, del trabajo, de las relaciones interpersonales, de las relaciones afectivas, en fin, para llevar adelante el enorme y lindo desafío de SABER VIVIR, vamos a encontrar una energía suprema en el contacto con Dios y en la mirada compasiva hacia nuestro propio corazón.

Por eso, con el salmista podemos decir con toda propiedad y convicción: ¡SOLO EN DIOS DESCANSA MI ALMA! Y se hace evidente que la invitación de Jesús de dejar en él nuestro cansancio será el mejor antídoto para esos momentos de estrés, depresión, abulia, inconformismos, tristezas y soledades. En el Señor, descansará nuestro corazón. A él le presentaremos nuestra historia para que la redima, la sane y la purifique. Vengan todos … los que adhieren a mí, los que me han encontrado y son felices a mi lado, los que buscan valores más profundos, los que tienen el corazón roto, los que todavía no me encuentran, en fin, vengan todos, porque mi corazón es manso y mi yugo llevadero.

En suma, porque en el corazón de Jesús cabemos todos, sin excepción y no sobra nadie, en especial, a quienes la vida los ha tratado con dureza y rigurosidad.


VENGAN A MI ….. les espero. Jesús. 

lunes, 30 de junio de 2014

PEDRO Y PABLO: DOS VOCACIONES, DOS MISIONES


El domingo 29 de junio, hemos celebrado la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, dos columnas básicas sobre las cuales se forjó la Comunidad Cristiana en torno a la figura de Cristo Resucitado.

¿Qué representan Pedro y Pablo? ¿Qué nos dicen sus figuras a nosotros hoy día?

Ambos tuvieron la gracia de haberse encontrado “personalmente” con el mismo Jesús, claro que de modo diverso como lo vamos a ver.

Pedro, en la orilla del lago Galilea, mientras ejercía su oficio de pescador, recibió el llamado de Jesús para ser “pescador de hombres”. Pablo, camino a Damasco, mientras perseguía ferozmente a los cristianos, recibe la revelación de ser llamado para ser apóstol de Jesucristo. El primero, Pedro, compartió con Jesús esos tres años donde el Maestro se dedicó a predicar la Buena Noticia del Evangelio. Pablo, si bien no conoció a Jesús, ni tuvo, por lo mismo, trato directo con El, legítimamente se hace llamar APOSTOL, en la misma condición de Cefas, Juan, Santiago, Andrés, por cuanto se sabe depositario de una llamada personal y de una misión insoslayable que lo constituye “verdaderamente” en Apóstol como él mismo lo consigna en sus escritos (1Co 9,1 ; 1Co 15, 5-8), en donde Pablo dice que también él tuvo una visión del Señor resucitado “y después de que el Señor se apareció a Cefas, los Doce, a más de quinientos hermanos … en último término se apareció a mí, como a un abortivo”, llega a decir.

Pedro y Pablo representan dos vocaciones, dos carismas, dos tareas, dos “sensibilidades” dentro de la Comunidad fundada por el Señor Resucitado. Son dos misiones que se complementan y se enriquecen. Pedro, tiene el carisma de crear la comunión y la unidad dentro de la Comunidad y ser el primero entre iguales. En él se consolida la Comunidad, porque es la piedra sobre la cual el Señor funda SU Iglesia. Tiene la misión de lograr la cohesión, que fluyan los carismas dentro de la Iglesia y de darle el sostén que ella necesita para llevar a cabo su misión. Pedro, hoy Francisco, es quien tiene la misión de asegurar que la Comunidad esté cohesionada en torno a la PIEDRA ANGULAR que es Cristo, en la diversidad de carismas y ministerios que el mismo Señor va suscitando.  

Pablo, ese fariseo empedernido y fanático, es el prototipo de una Iglesia que está llamada a evangelizar por todos los confines de la tierra. Una Iglesia en “salida” como la quiere Francisco, de tal manera que lleve a todos los rincones de la humanidad, de manera humilde y sencilla, la ALEGRIA DEL EVANGELIO, en particular a los pobres de este mundo. En Pablo, nos vemos reflejados todos nosotros, para tomar las “banderas” del Evangelio y compartirlas con todos aquellos que buscan sentido para sus vidas. En Pablo, somos interpelados hoy día para buscar nuevos “aerópagos” en donde se proclame el Evangelio de las bienaventuranzas que el nuevo Moisés, Jesús, nos dejó desde la Montaña santa.

Un aspecto relativo al llamado y la vocación me parece útil destacar en Pedro y Pablo. En ambos, sobresale la gratuidad del llamado que les hace el Señor. Pedro, después de su decisión generosa de dejar las redes, niega al Señor en la pasión, será al final, cuando declare su amor intenso por Jesús, cuando sea confirmado para apacentar las ovejas que se le confían. Al final, Pedro sabrá que será la gracia, solamente ella, la que le sostendrá en su respuesta al llamado de Jesús. Pablo, con mayor razón, tiene conciencia de la gratuidad de su llamado por cuanto en él operó simplemente la libre elección del Señor en una persona que precisamente estaba en la otra trinchera, persiguiendo tenazmente a los primeros cristianos.

Estas vocaciones, nos dejan una hermosa lección para nosotros. Somos llamados por pura gracia, no por méritos y nuestra fidelidad se sustenta, sólo y exclusivamente, en que el Señor NUNCA retira su llamado y predilección por cada uno de nosotros.

Ambos, nos recuerdan la necesidad de construir la unidad y la comunión sin sofocar la diversidad, y la imperiosa necesidad de “salir” con el Evangelio en la mano, a proclamar buenas noticias a todos aquellos que las quieran escuchar.


Pedro y Pablo, dos llamados y dos misiones que necesitamos recrear y profundizar hoy día entre nosotros.

miércoles, 11 de junio de 2014

LA IRRUPCION DEL ESPIRITU




“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo,
y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu
les permitía expresarse … cada uno los oía hablar en su
propia lengua”

 Hech 2, 1.-11

 
Pentecostés era, en Israel, la fiesta de la recolección (cf. Ex 23, 16; 34,22). De agraria se convierte más tarde en fiesta histórica, en ella se recordaba la promulgación de la ley sobre el Sinaí. En ese día la ciudad de Jerusalén se llenaba de creyentes venidos a la festividad desde diferentes lugares. Los discípulos, temerosos, se hallaban reunidos, sin saber bien qué hacer; el don del Espíritu hará que proclamen la buena nueva a todos aquellos que se encontraban en la ciudad.
 
Al irrumpir el Espíritu Santo en este Pentecostés, algo nuevo comienza a nacer y a suceder. Atrás queda el miedo, nace la audacia evangélica, los discípulos salen en misión, hablando distintos idiomas son capaces de entenderse, un viento fuerte sopla sobre ellos, se echa a andar una inigualable aventura que desafiaría después las mismas bases del Imperio de aquella época. Ese soplo divino, provoca que aquellos hombres temerosos, logren dar testimonio coherente de su fe con el martirio mismo. Son perseguidos, martirizados, acallados, pero jamás derrotados. Irrumpió sobre ellos esa FUERZA QUE VIENE DE LO ALTO que los llevará a ser testigos en “Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hech 1,8).
 
Es el Espíritu Santo que da vida nueva, que provoca la desinstalación, que renueva y dinamiza, Espíritu que provoca la unidad en la diversidad y que llena el corazón con el Amor primero. Espíritu que pone las palabras adecuadas en los predicadores y testigos, para decir la palabra adecuada y el gesto oportuno. Espíritu que provoca, compromete y fecunda toda acción hecha con buena voluntad. Espíritu que promueve los cambios, que genera una criatura nueva y que hace todas las cosas de nuevo.
 
La irrupción del Espíritu hace libre al discípulo y fortalece en la misión al testigo. Espíritu que sopla donde quiere y que nos hace hablar, nos ayuda a recordar y nos enseña todo aquello que Jesús nos ha dejado en su Palabra y su Vida. El Espíritu es la memoria viviente de la Iglesia, el cual le ayuda para que ésta no se mundanice viviendo las mismas categorías que el mundo pregona. El Espíritu nos permite comunicarnos con el Padre y pone en nuestra boca y labios lo que de verdad debemos pedir y suplicar.
 
Cuando irrumpe el Espíritu en las personas y Comunidades y éste se queda en ellas, hay lugar para la esperanza y el amor. Los corazones se llenan de amor y fluye en ellas la creatividad, la audacia, la vida, la originalidad, el retorno a las fuentes inspiradoras y el Evangelio se hace norma de vida. Se instala en ella una dinámica de búsqueda permanente, hay capacidad para leer y discernir los signos de los tiempos, se encuentra espacio para el compromiso renovador y no se teme al futuro, más aún, se lo adelanta y se lo busca con ahínco y esmero. Cuando el Espíritu hace su estreno en personas y Comunidades, hay espacio para la crítica, el disentir y la búsqueda compartida de la verdad. Hay lugar para el diálogo y el respeto a la diversidad y el pluralismo es una riqueza que se valora en cuanto tal.
 
Si el Espíritu sopla en las personas y las Comunidades, se vence la rutina, la pasividad y la inercia. Siempre hay espacio para la búsqueda conjunta y nadie tiene el monopolio de la verdad. Se vive en un espíritu ecuménico y hay respeto por la persona en cuanto ella es una originalidad querida por Dios. Con el Espíritu nos hacemos fuertes y comprendemos al débil y caído. Vamos en misión para anunciar el Evangelio de la misericordia y el perdón. Se comienzan proyectos liberadores que tienen que ver con el dinamismo intrínseco que emana del mismo Evangelio interpelador del Maestro.
 
Si irrumpe el Espíritu en las personas y Comunidades, los pobres tienen razón para tener esperanza y la solidaridad se hace camino habitual de vida. La autoridad se hace servicio y los últimos son los primeros. Se comparte el pan, nadie pasa hambre y la vida se hace llevadera. Con el Espíritu, hay vida nueva, los corazones rebosan de alegría y cada cual vive su ministerio y su carisma en beneficio del bien común. La liturgia se transforma en fiesta, profecía y encuentro y los templos se llenan de un nuevo dinamismo y brota de ellos un agua pura que dará vida a quienes participen de él.
 
Cuando irrumpe el Espíritu, por cierto una primavera se instala en la Iglesia, en la sociedad y en el mundo. Algo brota, mucho se renueva, todo cambia. Algo se transforma, nacen nuevas intuiciones, el hombre se hace más humano y solidario. Es que el Espíritu es vivificador y da vida por doquier.
 
¿Necesitaremos invocar y suplicar que el Espíritu irrumpa sobre nosotros? Por cierto que si. Es mi convicción y súplica de cada día.
 
Pidámoslo de continuo, cada día. Si él llega con abundancia de dones, entonces otro Pentecostés estará acaeciendo entre nosotros. Así lo esperamos y así lo deseamos y añoramos.
 
¡Irrumpe sobre nosotros, Santo Espíritu de Dios!
 

sábado, 10 de mayo de 2014

EN EL CAMINO DE EMAUS



“Quédate con nosotros Señor que la tarde está cayendo”

 Lc. 24, 29

 
En el trayecto que va de Jerusalén a Emaús, dos hombres van haciendo el camino del retorno con la cara triste, el corazón resquebrajado, la esperanza perdida y la fatiga del que camina sin horizonte y fracasado. Es el camino que dos discípulos, que habían sido testigos del drama acontecido en Jerusalén, donde había sido crucificado el Maestro, del cual esperaban tanto y habían puesta toda su confianza en él.
 
Trato de ponerme en los zapatos de esos hombres y auscultar su situación vital y no hago más que sentir que su experiencia es la realidad de muchos de nosotros en la actualidad. Cansados por el camino, quemados por la excesiva lucha a la que nos sometemos, desesperanzados porque nuestros ideales se esfuman, inquietos de que nuestros sueños y esperanzas no fuesen más que una quimera, algo infundado e irreal.
 
No es difícil sentir de repente el agobio de la vida. No es impensable sentir que las fuerzas se acaban, que la derrota se hace permanente y que el camino nos lleva ciertamente de regreso a Emaús, la ciudad de la muerte y de las tinieblas.
 
Puede ser la situación vital de distintos actores de la sociedad y de la Iglesia en la actualidad. De seguro que andan muchos “Cleofás” por ahí, angustiados, cabizbajos, con el corazón sin calor y cansados de ver que la caminata no se hace con la sonrisa de antaño, con el ideal del primer tiempo, con la energía de la juventud, o simplemente, con la convicción de quién sabe que sus pies no pisan tierra segura.
 
De seguro que para muchos de nosotros puede ser que la tarde esté cayendo y se haga tarde. Y nuevamente se haga necesario, decirle al Maestro desde el fondo del corazón: Señor, ¡quédate con nosotros!
 
Ciertamente, los discípulos de Emaús tenían cerrados los ojos y el corazón, por eso en un primer momento no captaron que ese “peregrino desconocido” que se puso a su lado, era el mismo Señor Resucitado. También hoy podemos vivir esa experiencia de que “otros peregrinos desconocidos”, si no, el mismo Cristo Resucitado, se coloca a nuestro lado y nos abre el horizonte yendo con nosotros al fondo de nuestro corazón, a redescubrir la esencia del camino cristiano como un permanente discipulado, en donde El mismo nos abre el entendimiento y provoca que arda el corazón cuando nos explica las Escrituras.
 
Tanto peregrinos de Emaús, como peregrinos de otros que caminan, esta página bíblica nos invita a mirar con otros ojos el devenir de nuestra historia, historia que se teje desde la presencia efectiva del Resucitado que a través de su Espíritu nos induce a caminar de otra manera y a volver a Jerusalén, para recuperar la esperanza y reconocerlo en la fracción del pan y contar a los demás TODO lo que nos ha dicho en el camino de nuestra vida diaria, muchas veces jalonada de innumerables acontecimientos en donde se vuelve a repetir esta maravillosa escena que nos relata Lucas.
 
Espero de todo corazón que quien pueda leer esta página, tenga la posibilidad real de vivir su propia experiencia de Emaús. La suerte no está echada, cuando aparentemente se instala en nosotros el agobio y el cansancio. En el camino de nuestras historias, envueltas de alegría y tristeza, de gozo y dolor, de expectativas y desesperanzas, más allá de cualquier situación vital, va con nosotros el PEREGRINO DE TODOS LOS TIEMPOS, el cual pedagogo y sabio acompañante nos preguntará primero: ¿De qué conversan ustedes?, tratando, en definitiva, que nos hagamos cargo de nuestras problemáticas y desde ahí comenzar a configurar un nuevo amanecer para la vida.
 
No perdamos el tiempo, más que ir de continuo a Emaús, volvamos a Jerusalén, ahí está la vida, la luz y la esperanza.
 
Será en ese camino, donde volverá a arder nuestro corazón y nos encontraremos con JESUS, el caminante de siempre.

jueves, 1 de mayo de 2014

LA NUEVA COMUNIDAD SOSTENIDA EN EL RESUCITADO

 



 
“Se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza
de los Apóstoles y participar en la vida común,
en la fracción del pan y en las oraciones”

 Hech. 2,42

 
Es evidente que de la fe en el Resucitado, nace la verdadera Comunidad, aquella que estará sostenida e iluminada por el dinamismo que aflora de la experiencia que van teniendo los primeros cristianos, en cuanto Cristo ha resucitado y se a ha aparecido a María Magdalena, la otra María, a Pedro, Juan, a los Apóstoles en su conjunto, y a una amplia gama de hombres y mujeres que van viviendo la experiencia gozosa de sentir que el Señor ha roto el poder de la muerte y ahora se alza victorioso, después de haber sido crucificado injustamente por el poder político y religioso de aquel tiempo.
 
El hecho de la resurrección de Cristo, se torna tan potente que hace que los primeros cristianos  vivan una suerte de viraje fundamental en su estilo de vida y en el modo de ser Comunidad. Es una COMUNIDAD NUEVA, en la que se sostienen relaciones que provocan la admiración de muchos que siguen de cerca los pasos de estos hombres y mujeres que siguen a un tal “Jesús Nazareno”. Es una Comunidad ideal, que también hoy es una interpelación para la construcción de nuestras propias Comunidades Eclesiales.
 
Cuatro rasgos de esta primitiva Comunidad, me parece se ponen como desafíos permanentes a nuestro modo de ser Iglesia, siempre amparada y sostenida en la fuerza de Cristo Resucitado. Ellos son:
 
UNA COMUNIDAD ORANTE Y EUCARISTICA:
 
La Comunidad de los resucitados tiene su ancla fundamental en la fracción del pan, donde, al igual que los discípulos de Emaús, reconocen la presencia real y verdadera del Resucitado que camina a su lado. La eucaristía, ha de ser siempre para cada creyente, el sostén de su vida espiritual. Una Comunidad orante y eucarística, tendrá una mística diferente. Una fuerza nueva para asumir el día a día de nuestra existencia. Un alimento que le ayudará a tener una vida más sólida y menos superficial.
 
UNA COMUNIDAD FRATERNA Y UNIDA:
 
El mandamiento del amor, dado por Jesús en el contexto de la Ultima Cena y del lavado de los pies, se hace más potente en la Comunidad de aquellos que viven de la fuerza del Resucitado. Comunidades diversas, pluriformes, pero no menos unidas y fraternas en torno al Señor y el mandamiento del amor. Un testimonio elocuente HOY ha de ser que nuestras Comunidades sean verdaderas familias, en donde haya espacio para ser “persona”, no un desconocido o simplemente alguien al cual se le ignora.
 
UNA COMUNIDAD SOLIDARIA Y SAMARITANA:
 
Es elocuente cómo los primeros cristianos vivían profundamente este aspecto de la vida comunitaria. Compartían sus bienes, lo repartían según la necesidad de cada uno y nadie pasaba necesidad. Recoger esta enseñanza entre nosotros, cada vez se hace más necesario, especialmente cuando cunde en la sociedad una mirada más bien materialista e individualista. Se trata como ideal de vida, que cada ser humano tenga resguardada su dignidad de hijo de Dios. Ahí donde esté lesionada su dignidad, entonces la Comunidad de los resucitados deberán reeditar el gesto de aquél que no pasa de largo y se detiene para ir en ayuda del que está caído. Gran desafío nos espera.
 
UNA COMUNIDAD APOSTOLICA Y MISIONERA:
 
María Magdalena, los Apóstoles, todos los primeros cristianos no pueden callar lo que han visto y creído. Es el gran tesoro y la mejor noticia jamás nunca experimentada por ellos mismos la cual desean compartir con los demás. Un verdadero termómetro para verificar la “salud espiritual” de la Comunidad, será preguntarnos en qué está el DINAMISMO MISIONERO de nuestra vida. Una Comunidad inmovilizada, quieta, no puede dar cuenta de que en ella HA RESUCITADO EL SEÑOR. Con el Papa Francisco, podemos decir que es preferible una Iglesia herida por salir a la calle, que una Iglesia sana pero replegada en sí misma.
 
Esta nueva Comunidad, sólo es posible crearla o recrearla bajo la experiencia de Cristo Resucitado, ir al sepulcro y tener la gracia de “ver y creer” que ya no está entre los muertos, sino que ha resucitado. En esta experiencia, cambia todo, la persona y la Comunidad.
 
Es la gracia que le pedimos HOY al Señor Resucitado.

martes, 25 de marzo de 2014

SEÑOR, DAME DE ESA AGUA


 


En este Tercer Domingo de Cuaresma, la Iglesia proclama el evangelio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana. Es el encuentro de dos historias, de dos corazones. Jesús va al pozo de Jacob a buscar agua para beber. El calor del mediodía y el intenso ajetreo del apostolado le llevan a Jesús a buscar agua. Se siente cansado y necesita agua para saciar la sed. En eso está, cuando llega una mujer con su cántaro a cuestas. Como todos los días, mal que mal esa es su rutina de vida, esa mujer piensa que nada nuevo puede ocurrir ese día, pero grande será su sorpresa.
 
Jesús, como buen pedagogo, parte de un hecho trivial (como es pedirle de beber a la mujer) con el fin de llevarla a las profundidades de su vida. No se adelanta en quemar etapas, respeta el proceso de autocomprensión de la mujer para que ella por sí misma vaya haciendo más consciente la realidad de su vida.
 
Jesús respeta, pregunta, escucha, dialoga, se abre a la realidad de la mujer.
 
No enjuicia, pero lleva a la verdad (¿tienes marido? le pregunta), de tal manera que la mujer comience a hacer evidente la realidad que está viviendo. Con respeto, pero sin pausas, Jesús va entrando en la vida de esta mujer, hasta que ella cae en la evidencia que quien le había pedido de beber no es ni más ni menos que el Señor, el Mesías.
 
Ahora, entonces, no será Jesús quien pida agua para beber, si no que la misma mujer le suplicará que le de esa AGUA VIVA. De esa agua que apaga para siempre la sed y que hace transformar la vida por entero.
 
Y así fue. Jesús le dio AGUA VIVA a la mujer quien ahora liberada de todas sus ataduras, sanadas sus heridas, con el corazón rebosante de alegría, DEJA EL CANTARO, el mismo que había utilizado tantas veces en ir a buscar agua al pozo de Jacob, y parte presurosa a anunciar a sus coterráneos que había encontrado a “alguien que le ha dicho todo sobre ella”. Una vida ha entrado en otra. Jesús en la mujer. La mujer ha sido constituida en misionera.
 
Se ve que ese encuentro fue un momento particularmente liberador para la mujer, pues no se sostendría que alguien agobiado por su historia personal de vida, salga presurosa y contenta, como la mujer, a anunciar a los demás a Jesús. De aquí se desprende que todo encuentro verdadero con Jesús sana, compromete y envía a la misión. Es lo que hizo la mujer samaritana, es también lo que intentaremos hacer nosotros, cuando de verdad Jesús salga a nuestro encuentro y nos regale lo mejor de si mismo.
 
Tú eres esa mujer sedienta, ese hombre sediento. Tú necesitas beber AGUA VIVA, agua verdadera, agua limpia. Tú eres esa persona que carga con una rica, pero en ocasiones, pesada historia y ahora Jesús quiere unirse más de cerca contigo para liberarte de tu pasado que te hiere. Hoy Jesús quiere que nazcas de nuevo, del agua y del Espíritu para que dejes tu cántaro (esa vida habitual, rutinaria e inerte que muchas veces podemos llevar), para redimensionar tu existencia y lanzarte a conquistar nuevos desafíos.
 
Pidamos la gracia de hacer también nosotros esta experiencia como la mujer samaritana. Para Jesús todo es posible, para él no hay barreras ni condicionamientos de ninguna especie (basta saber que los judíos no se relacionaban con los samaritanos y que era impropio ver conversando a un varón con una mujer), de tal forma que si lo dejamos entrar en nuestro corazón, algo nuevo podrá nacer.
 
No sigamos bebiendo de aquellos pozos que no pueden darnos agua pura, ni agua viva. Al contrario, pidamos que el mismo Jesús nos de AGUA VIVA para saciarnos para siempre nuestra sed. De esta manera, la vida se hace novedad y puede comenzar algo nuevo, en una dimensión distinta, como le ocurrió a esa mujer samaritana.