sábado, 10 de mayo de 2014

EN EL CAMINO DE EMAUS



“Quédate con nosotros Señor que la tarde está cayendo”

 Lc. 24, 29

 
En el trayecto que va de Jerusalén a Emaús, dos hombres van haciendo el camino del retorno con la cara triste, el corazón resquebrajado, la esperanza perdida y la fatiga del que camina sin horizonte y fracasado. Es el camino que dos discípulos, que habían sido testigos del drama acontecido en Jerusalén, donde había sido crucificado el Maestro, del cual esperaban tanto y habían puesta toda su confianza en él.
 
Trato de ponerme en los zapatos de esos hombres y auscultar su situación vital y no hago más que sentir que su experiencia es la realidad de muchos de nosotros en la actualidad. Cansados por el camino, quemados por la excesiva lucha a la que nos sometemos, desesperanzados porque nuestros ideales se esfuman, inquietos de que nuestros sueños y esperanzas no fuesen más que una quimera, algo infundado e irreal.
 
No es difícil sentir de repente el agobio de la vida. No es impensable sentir que las fuerzas se acaban, que la derrota se hace permanente y que el camino nos lleva ciertamente de regreso a Emaús, la ciudad de la muerte y de las tinieblas.
 
Puede ser la situación vital de distintos actores de la sociedad y de la Iglesia en la actualidad. De seguro que andan muchos “Cleofás” por ahí, angustiados, cabizbajos, con el corazón sin calor y cansados de ver que la caminata no se hace con la sonrisa de antaño, con el ideal del primer tiempo, con la energía de la juventud, o simplemente, con la convicción de quién sabe que sus pies no pisan tierra segura.
 
De seguro que para muchos de nosotros puede ser que la tarde esté cayendo y se haga tarde. Y nuevamente se haga necesario, decirle al Maestro desde el fondo del corazón: Señor, ¡quédate con nosotros!
 
Ciertamente, los discípulos de Emaús tenían cerrados los ojos y el corazón, por eso en un primer momento no captaron que ese “peregrino desconocido” que se puso a su lado, era el mismo Señor Resucitado. También hoy podemos vivir esa experiencia de que “otros peregrinos desconocidos”, si no, el mismo Cristo Resucitado, se coloca a nuestro lado y nos abre el horizonte yendo con nosotros al fondo de nuestro corazón, a redescubrir la esencia del camino cristiano como un permanente discipulado, en donde El mismo nos abre el entendimiento y provoca que arda el corazón cuando nos explica las Escrituras.
 
Tanto peregrinos de Emaús, como peregrinos de otros que caminan, esta página bíblica nos invita a mirar con otros ojos el devenir de nuestra historia, historia que se teje desde la presencia efectiva del Resucitado que a través de su Espíritu nos induce a caminar de otra manera y a volver a Jerusalén, para recuperar la esperanza y reconocerlo en la fracción del pan y contar a los demás TODO lo que nos ha dicho en el camino de nuestra vida diaria, muchas veces jalonada de innumerables acontecimientos en donde se vuelve a repetir esta maravillosa escena que nos relata Lucas.
 
Espero de todo corazón que quien pueda leer esta página, tenga la posibilidad real de vivir su propia experiencia de Emaús. La suerte no está echada, cuando aparentemente se instala en nosotros el agobio y el cansancio. En el camino de nuestras historias, envueltas de alegría y tristeza, de gozo y dolor, de expectativas y desesperanzas, más allá de cualquier situación vital, va con nosotros el PEREGRINO DE TODOS LOS TIEMPOS, el cual pedagogo y sabio acompañante nos preguntará primero: ¿De qué conversan ustedes?, tratando, en definitiva, que nos hagamos cargo de nuestras problemáticas y desde ahí comenzar a configurar un nuevo amanecer para la vida.
 
No perdamos el tiempo, más que ir de continuo a Emaús, volvamos a Jerusalén, ahí está la vida, la luz y la esperanza.
 
Será en ese camino, donde volverá a arder nuestro corazón y nos encontraremos con JESUS, el caminante de siempre.

jueves, 1 de mayo de 2014

LA NUEVA COMUNIDAD SOSTENIDA EN EL RESUCITADO

 



 
“Se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza
de los Apóstoles y participar en la vida común,
en la fracción del pan y en las oraciones”

 Hech. 2,42

 
Es evidente que de la fe en el Resucitado, nace la verdadera Comunidad, aquella que estará sostenida e iluminada por el dinamismo que aflora de la experiencia que van teniendo los primeros cristianos, en cuanto Cristo ha resucitado y se a ha aparecido a María Magdalena, la otra María, a Pedro, Juan, a los Apóstoles en su conjunto, y a una amplia gama de hombres y mujeres que van viviendo la experiencia gozosa de sentir que el Señor ha roto el poder de la muerte y ahora se alza victorioso, después de haber sido crucificado injustamente por el poder político y religioso de aquel tiempo.
 
El hecho de la resurrección de Cristo, se torna tan potente que hace que los primeros cristianos  vivan una suerte de viraje fundamental en su estilo de vida y en el modo de ser Comunidad. Es una COMUNIDAD NUEVA, en la que se sostienen relaciones que provocan la admiración de muchos que siguen de cerca los pasos de estos hombres y mujeres que siguen a un tal “Jesús Nazareno”. Es una Comunidad ideal, que también hoy es una interpelación para la construcción de nuestras propias Comunidades Eclesiales.
 
Cuatro rasgos de esta primitiva Comunidad, me parece se ponen como desafíos permanentes a nuestro modo de ser Iglesia, siempre amparada y sostenida en la fuerza de Cristo Resucitado. Ellos son:
 
UNA COMUNIDAD ORANTE Y EUCARISTICA:
 
La Comunidad de los resucitados tiene su ancla fundamental en la fracción del pan, donde, al igual que los discípulos de Emaús, reconocen la presencia real y verdadera del Resucitado que camina a su lado. La eucaristía, ha de ser siempre para cada creyente, el sostén de su vida espiritual. Una Comunidad orante y eucarística, tendrá una mística diferente. Una fuerza nueva para asumir el día a día de nuestra existencia. Un alimento que le ayudará a tener una vida más sólida y menos superficial.
 
UNA COMUNIDAD FRATERNA Y UNIDA:
 
El mandamiento del amor, dado por Jesús en el contexto de la Ultima Cena y del lavado de los pies, se hace más potente en la Comunidad de aquellos que viven de la fuerza del Resucitado. Comunidades diversas, pluriformes, pero no menos unidas y fraternas en torno al Señor y el mandamiento del amor. Un testimonio elocuente HOY ha de ser que nuestras Comunidades sean verdaderas familias, en donde haya espacio para ser “persona”, no un desconocido o simplemente alguien al cual se le ignora.
 
UNA COMUNIDAD SOLIDARIA Y SAMARITANA:
 
Es elocuente cómo los primeros cristianos vivían profundamente este aspecto de la vida comunitaria. Compartían sus bienes, lo repartían según la necesidad de cada uno y nadie pasaba necesidad. Recoger esta enseñanza entre nosotros, cada vez se hace más necesario, especialmente cuando cunde en la sociedad una mirada más bien materialista e individualista. Se trata como ideal de vida, que cada ser humano tenga resguardada su dignidad de hijo de Dios. Ahí donde esté lesionada su dignidad, entonces la Comunidad de los resucitados deberán reeditar el gesto de aquél que no pasa de largo y se detiene para ir en ayuda del que está caído. Gran desafío nos espera.
 
UNA COMUNIDAD APOSTOLICA Y MISIONERA:
 
María Magdalena, los Apóstoles, todos los primeros cristianos no pueden callar lo que han visto y creído. Es el gran tesoro y la mejor noticia jamás nunca experimentada por ellos mismos la cual desean compartir con los demás. Un verdadero termómetro para verificar la “salud espiritual” de la Comunidad, será preguntarnos en qué está el DINAMISMO MISIONERO de nuestra vida. Una Comunidad inmovilizada, quieta, no puede dar cuenta de que en ella HA RESUCITADO EL SEÑOR. Con el Papa Francisco, podemos decir que es preferible una Iglesia herida por salir a la calle, que una Iglesia sana pero replegada en sí misma.
 
Esta nueva Comunidad, sólo es posible crearla o recrearla bajo la experiencia de Cristo Resucitado, ir al sepulcro y tener la gracia de “ver y creer” que ya no está entre los muertos, sino que ha resucitado. En esta experiencia, cambia todo, la persona y la Comunidad.
 
Es la gracia que le pedimos HOY al Señor Resucitado.

martes, 25 de marzo de 2014

SEÑOR, DAME DE ESA AGUA


 


En este Tercer Domingo de Cuaresma, la Iglesia proclama el evangelio del encuentro de Jesús con la mujer samaritana. Es el encuentro de dos historias, de dos corazones. Jesús va al pozo de Jacob a buscar agua para beber. El calor del mediodía y el intenso ajetreo del apostolado le llevan a Jesús a buscar agua. Se siente cansado y necesita agua para saciar la sed. En eso está, cuando llega una mujer con su cántaro a cuestas. Como todos los días, mal que mal esa es su rutina de vida, esa mujer piensa que nada nuevo puede ocurrir ese día, pero grande será su sorpresa.
 
Jesús, como buen pedagogo, parte de un hecho trivial (como es pedirle de beber a la mujer) con el fin de llevarla a las profundidades de su vida. No se adelanta en quemar etapas, respeta el proceso de autocomprensión de la mujer para que ella por sí misma vaya haciendo más consciente la realidad de su vida.
 
Jesús respeta, pregunta, escucha, dialoga, se abre a la realidad de la mujer.
 
No enjuicia, pero lleva a la verdad (¿tienes marido? le pregunta), de tal manera que la mujer comience a hacer evidente la realidad que está viviendo. Con respeto, pero sin pausas, Jesús va entrando en la vida de esta mujer, hasta que ella cae en la evidencia que quien le había pedido de beber no es ni más ni menos que el Señor, el Mesías.
 
Ahora, entonces, no será Jesús quien pida agua para beber, si no que la misma mujer le suplicará que le de esa AGUA VIVA. De esa agua que apaga para siempre la sed y que hace transformar la vida por entero.
 
Y así fue. Jesús le dio AGUA VIVA a la mujer quien ahora liberada de todas sus ataduras, sanadas sus heridas, con el corazón rebosante de alegría, DEJA EL CANTARO, el mismo que había utilizado tantas veces en ir a buscar agua al pozo de Jacob, y parte presurosa a anunciar a sus coterráneos que había encontrado a “alguien que le ha dicho todo sobre ella”. Una vida ha entrado en otra. Jesús en la mujer. La mujer ha sido constituida en misionera.
 
Se ve que ese encuentro fue un momento particularmente liberador para la mujer, pues no se sostendría que alguien agobiado por su historia personal de vida, salga presurosa y contenta, como la mujer, a anunciar a los demás a Jesús. De aquí se desprende que todo encuentro verdadero con Jesús sana, compromete y envía a la misión. Es lo que hizo la mujer samaritana, es también lo que intentaremos hacer nosotros, cuando de verdad Jesús salga a nuestro encuentro y nos regale lo mejor de si mismo.
 
Tú eres esa mujer sedienta, ese hombre sediento. Tú necesitas beber AGUA VIVA, agua verdadera, agua limpia. Tú eres esa persona que carga con una rica, pero en ocasiones, pesada historia y ahora Jesús quiere unirse más de cerca contigo para liberarte de tu pasado que te hiere. Hoy Jesús quiere que nazcas de nuevo, del agua y del Espíritu para que dejes tu cántaro (esa vida habitual, rutinaria e inerte que muchas veces podemos llevar), para redimensionar tu existencia y lanzarte a conquistar nuevos desafíos.
 
Pidamos la gracia de hacer también nosotros esta experiencia como la mujer samaritana. Para Jesús todo es posible, para él no hay barreras ni condicionamientos de ninguna especie (basta saber que los judíos no se relacionaban con los samaritanos y que era impropio ver conversando a un varón con una mujer), de tal forma que si lo dejamos entrar en nuestro corazón, algo nuevo podrá nacer.
 
No sigamos bebiendo de aquellos pozos que no pueden darnos agua pura, ni agua viva. Al contrario, pidamos que el mismo Jesús nos de AGUA VIVA para saciarnos para siempre nuestra sed. De esta manera, la vida se hace novedad y puede comenzar algo nuevo, en una dimensión distinta, como le ocurrió a esa mujer samaritana.
 

viernes, 14 de febrero de 2014

SAL Y LUZ DEL MUNDO

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra …
Ustedes son la luz del mundo …”
 Mt. 5, 13 ss
Utilizando dos metáforas muy sencillas y expresivas, como son la sal y la luz, Jesús se dirige a sus discípulos para hablarles sobre la misión que les incumbirá desarrollar en el seno del mismo Imperio de Roma, como continuadores de su vida y misión.
 
Analizando estos elementos, a los cuales Jesús echa mano para expresar la misión que han de tener los discípulos de él en el mundo, nos damos cuenta que la sal sirve, entre otras cosas, para darle sabor y condimentar los alimentos y para preservar los alimentos de la corrupción. Al mismo tiempo, un recipiente con sal aislado, no sirve para nada. La sal en sí misma, no tiene sentido, la tiene, tanto en cuanto, entra en contacto con los alimentos y se “pierde” en medio de ellos condimentándolos y dándoles un sabor especial.
 
Siguiendo con la metáfora de la sal, nos encontramos que el llamado de Jesús al cristiano tiene una connotación eminentemente misionera. El cristiano no puede quedar encerrado en sí mismo, en una autocontemplación pasiva y narcisista de su vida privada e individualista, sino que ha de entrar en “contacto” con los demás, dándole un “sabor” distinto a las realidades de esta vida y ayudar para que el mundo no se corrompa más de lo que en la actualidad puede estarlo, en la medida que el “dios” dinero, la corrupción en los distintos niveles y las realidades de pobreza y marginalidad así lo están demostrando.
 
Linda misión, necesaria tarea, urgente opción, la de darle un sentido especial a la vida, a las redes humanas que se vayan creando, al sentido de vida que se van asumiendo, a los enfoques sobre los cuales se puede estar construyendo la vida en la actualidad. No podemos callar nuestra especificidad como cristianos, es nuestro deber aportar con aquello específico que se desprende del Evangelio como el mensaje nuevo y bueno que la humanidad necesita. Un rico simbolismo para pensar, en qué medida puedo ser un pequeño aporte para cambiar el mundo en el que vivimos.
 
La metáfora de la luz no deja de ser expresiva y desafiante. El mismo Jesús dijo de si mismo: YO SOY LA LUZ DEL MUNDO, el que me sigue no caminará en tinieblas. Entonces por conclusión básica, se trata de ser luz llevando la misma LUZ del Señor a los demás. Y esta luz, por ser el mismo Jesús, va a disipar todas las tinieblas y oscuridades que puedan estar sofocando nuestra realidad. Es en el mismo Maestro, en el contacto con él, que nuestra vida debería tornarse “luminosa” para el entorno en el cual vivimos. Es una tarea no fácil, porque a veces nosotros transitamos por senderos de oscuridad que hacen opaca nuestra vida, y por otro lado, existen situaciones, de diverso nivel, que son  expresiones de un mundo oscuro y pequeño.
 
Con todo, tenemos que tener claro que la luz es más fuerte que la oscuridad. Por eso, el cristiano se mueve en la esfera de la esperanza y el desafío porque no ha sido enviado a dar una lucha sin sentido. Al contrario, lo vemos a diario, en lo pequeño, en lo sencillo, en la cotidianidad de la vida, vamos experimentando pequeños momentos luminosos y de luz. Se puede vencer el odio con el amor. La mentira con la verdad. La indolencia con la solidaridad. La violencia con la paz. Ahí se hace presente que la luz es más fuerte que la oscuridad, aunque aparentemente consideremos lo contrario.
 
Cuando Jesús les dijo a sus discípulos que tenían que ser SAL y LUZ, ellos eran un grupo pequeño en el contexto del Imperio de Roma. Pues, bien, si se los dijo es porque creía en la fuerza transformadora de su mensaje en el mundo. Por eso mismo, sintiéndonos hoy el grupo de los discípulos del Señor, acometamos este desafío en un mundo que aparentemente se mueve y es gobernado bajo otras coordenadas.
 
Con Jesús, seamos, entonces, SAL de la tierra y LUZ para el mundo.

miércoles, 29 de enero de 2014

TODO COMENZO EN GALILEA



“Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en
las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino
y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente”.

 Mt. 4, 23-24

Después de ser bautizado por Juan Bautista en el Jordán, Jesús inicia su vida pública exhortando a la gente a la conversión y llamando discípulos para que le acompañen en su tarea apostólica. Su dinamismo evangelizador queda claro a todas luces, pues el mismo evangelista Mateo nos dice que “recorría toda Galilea”, en el cual su misión será anunciar Buenas Noticias, hacer saber que el Reino de los Cielos está cerca, cuestión tal que se manifiesta ya en cuanto Jesús sana todas las enfermedades y las dolencias de la gente.
 
En pocas palabras, podemos señalar que aquí encontramos el corazón del Evangelio y del Mensaje de Jesús: Vino a predicar el Reino, a urgir por un giro existencial profundo (conversión) y SANAR a los enfermos y los que sufren de alguna dolencia.
 
A partir de este episodio en la vida de Jesús, (el inicio de su vida pública y de su apostolado), podríamos intentar sacar algunas lecciones para nuestra vida y apostolado, en la medida que siempre será o debe ser Jesús el paradigma sobre el cual nos reflejamos y proyectamos como continuadores de la obra salvadora del Señor.
 
Jesús recorre toda Galilea. Esto nos demuestra que hoy nuestra Iglesia debe ser capaz de imprimirle un dinamismo nuevo a su compromiso misionero. Salir al encuentro de los que están en las periferias. Desinstalarnos de nuestra comodidad y posible aburguesamiento en el cual podríamos haber caído, para “recuperar la frescura del Evangelio” (Papa Francisco) y anunciar con alegría a Jesús y el Evangelio. Salir de nuestros esquemas y estructuras anquilosadas y envejecidas para “oxigenar” la vida en el encuentro con el otro, quien está esperándonos en una plaza, en una esquina, en el borde del camino, en la soledad de su sufrimiento, en la insatisfacción de tenerlo todo y al final no tener nada.
 
Jesús sale a anunciar el Reino: Y este anuncio significa predicar a un Dios que está cerca del que sufre, que invita a una vida mejor y que sana radicalmente el corazón de aquel que le escucha y le sigue con prontitud. El mensaje que Jesús le proclama a los galileos y a todos los que le escuchan, es un mensaje eminentemente liberador y sanador del corazón. Todos los que le escuchan quedan maravillados porque algo nuevo nace en ellos, una herida ha sido sanada, un corazón ha sido restituido. Esta misma experiencia, nos cabe prolongar hoy día entre los nuevos “galileos” a los cuales se les ha de anunciar el Evangelio del Señor Jesús. Para ello es preciso sentirse de veras enamorado de Jesús, cautivado por su Palabra, entusiasmado para poder contagiar a los demás con el dinamismo nuevo que subyace en el escucha atenta del Evangelio.
Hemos de crecer en la conciencia de la urgencia y de lo bien que podemos hacer a los demás y a la humanidad, en anunciar este tesoro que supone el Evangelio de Jesús. Y más aún, como dice el Papa Francisco: “El Evangelio tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser Buena Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana todas las dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los hombres en la mesa del Reino” (E.G. 237). Como sin duda esta tarea todavía está inacabada, es menester nuestro ponernos manos a la obra para que el “perfume” del Evangelio impregne a todos los corazones, muchos de ellos desgarrados y mutilados.
 
Se trata, simplemente, de no cansarnos de anunciar el kerigma, el primer anuncio, el que nunca debemos dejar de repetir y que en palabras del Papa Francisco, se puede leer así: “Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte” (E.G. 164). Un mensaje que haga renacer, a lo mejor de las cenizas, a aquellos que sienten que las puertas se han cerrado herméticamente para siempre.
 
Salgamos, entonces, ahora mismo a nuestra “Galilea”, en donde se sitúa nuestra experiencia de vida cotidiana y con toda certeza Jesús de nuevo pasará por nuestra vida y nos llamará a ser “pescadores de hombres”, de tal manera, que, con prontitud, nos pongamos a seguirlo como discípulos misioneros, como un día lo hicieron esos hombres sencillos llamados a orillas del lago de Galilea.
 
Así como todo comenzó en Galilea, que algo nuevo comience en nuestra propia Galilea.

martes, 31 de diciembre de 2013

PISTAS PARA CONSTRUIR NUESTRAS FAMILIAS



Todos nosotros necesitamos de un hogar, de una familia, un lugar donde crecer, madurar, cultivar nuestros talentos, en definitiva alcanzar un crecimiento integral en los diversos aspectos de nuestra vida.
Con todo, esto a veces no lo logramos cabalmente por cuanto nuestras familias adolecen del mínimo necesario, lo cual nos permita alcanzar nuestra mayor potencialidad como seres humanos, tanto porque nuestras familias están fracturadas, sea porque descuidamos aspectos esenciales, sea porque definitivamente no la tenemos.
Para salvaguardar este bien tan preciado como es la familia, célula básica de la sociedad e iglesia doméstica, podemos mirarnos en la Familia de Nazaret, donde ella sea un espejo y nos miremos de continuo y venga a ser un elemento paradigmático en la construcción de nuestro hogar y de la familia en su conjunto.
En este contexto, quisiera compartir algunas pistas que veo necesarias cultivar y vivir en el seno de la familia, para que éstas alcancen la estatura por Dios deseada y que late también en nuestro corazón.
Veamos.

Promover una cultura del diálogo, de la apertura, abriendo los corazones de continuo, expresándonos cariño mutuo y así vencer todo atisbo de aislamiento, individualismo y anonimato en el cual podemos caer cuando los corazones permanecen herméticos e infranqueables.

Reconocer la individualidad de cada uno de los componentes de la familia. Cada cual tiene un PROYECTO DE VIDA, que se tiene que cuidar y realizar. Vivir la vocación propia. En la familia debemos encontrar el escenario ideal para que cada componente se realice a si mismo en su individualidad y vocación. La familia no puede sofocar el carácter propio de cada uno de sus miembros, por el contrario, debe contribuir para que la persona viva para lo cual fue creado.

Atención preferencial por el más débil: Ancianos, niños, enfermos, caídos, etc. El Papa Francisco ha dicho que un buen síntoma de que la familia anda bien es cuando se atiende bien a los niños y ancianos. No cabe duda que el ser más débil debe contar desde siempre con el particular y solícito apoyo y cercanía de los distintos componentes de la vida familiar.

Saber dar gracias y reconocer todo lo bueno y lindo que recibo del otro. Una costumbre no muy arraigada por estos días, donde todo lo ganamos y lo compramos. Cuando se aprende a dar gracias en el seno de la familia, entonces el ambiente es más sano, diáfano y cercano. Un gracias de corazón dado a alguien en la familia, puede transformar fuertemente la realidad de cada familia, por cuanto detrás de esa actitud de agradecimiento, uno está reconociendo que necesito de la otra persona para desarrollarme como tal.

Vivir momentos gratuitos, tiempo para descansar. Sentarse a la mesa y compartir. Esto se hace más evidente en estos tiempos donde nos invade un activismo desenfrenado, exceso de trabajo, vida vivida a mil, sin tiempos para realizar cosas que nos alimenten en el espíritu (escribir, escuchar música, orar, leer, practicar deportes), simplemente, darnos espacios de ocio para recuperar la lozanía de la vida que a veces perdemos por la dinámica de vida que nos ofrece la sociedad.

Vivir el perdón como expresión del amor. Hace tanto bien pedir perdón y perdonar. La persona crece cuando hace esa experiencia por difícil que sea. El perdón es el mejor antídoto a la venganza, el revanchismo, el pasarse cuentas eternamente, etc. Uno no se achica ni se disminuye porque pide perdón a quien ha ofendido, o porque sencillamente perdona cuando uno ha sido el ofendido. Para perdonar y pedir perdón se necesita coraje, audacia y valentía. El perdón viene muy bien para volver al amor primero en la familia. En el perdón no existe el nunca más, en definitiva vivir esta experiencia de continuo conlleva a que la familia se levante de nuevo y despunte la aurora en su seno. Hagamos esta experiencia, aunque nos cueste, porque al final encontraremos la luz para nuestras vidas.

Asumir una espiritualidad a la manera de la Familia de Nazaret. Primero alimentar el espíritu, luego vendrá lo material. No distorsionar las cosas. Cristo siempre en el centro. Es urgente dotar de una espiritualidad evangélica a nuestras familias para no tener arrinconado al Maestro en el patio trasero de la casa. Una familia que se construye a partir de los parámetros del evangelio, tendrá mejores recursos para enfrentar los enormes desafíos y problemáticas que afectan hoy día a nuestras familias.
Hagamos este camino y el sol se asomará en nuestros hogares.

LA NOSTALGIA DE LA NAVIDAD



La luz brilla en las tinieblas.

La Navidad es una fiesta llena de nostalgia. Se canta la paz, pero no sabemos construirla. Nos deseamos felicidad, pero cada vez parece más difícil ser feliz. Nos compramos mutuamente regalos, pero lo que necesitamos es ternura y afecto. Cantamos a un niño Dios, pero en nuestros corazones se apaga la fe. La vida no es como quisiéramos, pero no sabemos hacerla mejor.
No es sólo un sentimiento de Navidad. La vida entera está transida de nostalgia. Nada llena enteramente nuestros deseos. No hay riqueza que pueda proporcionar paz total. No hay amor que responda plenamente a los deseos más hondos. No hay profesión que pueda satisfacer del todo nuestras aspiraciones. No es posible ser amados por todos.
La nostalgia puede tener efectos muy positivos. Nos permite descubrir que nuestros deseos van más allá de lo que hoy podemos poseer o disfrutar. Nos ayuda a mantener abierto el horizonte de nuestra existencia a algo más grande y pleno que todo lo que conocemos. Al mismo tiempo, nos enseña a no pedir a la vida lo que no nos pueda dar, a no esperar de las relaciones lo que no nos pueden proporcionar. La nostalgia no nos deja vivir encadenados sólo a este mundo.
Es fácil vivir ahogando el deseo de infinito que late en nuestro ser. Nos encerraos en una coraza que nos hace insensibles a lo que puede haber más allá de lo que vemos y tocamos. La fiesta de la Navidad, vivida desde la nostalgia, crea un clima diferente: estos días se capta mejor la necesidad de hogar y seguridad. A poco que uno entre en contacto con su corazón, intuye que el misterio de Dios es nuestro destino último
Si uno es creyente, la fe le invita estos días a descubrir ese misterio, no en un país extraño e inaccesible, sino en un niño recién nacido. Así de simple y de increíble. Hemos de acercarnos a Dios como nos acercamos a un niño: de manera suave y sin ruidos; sin discursos solemnes, con palabras sencillas nacidas del corazón. Nos encontramos con Dios cuando le abrimos lo mejor que hay en  nosotros.
A pesar del tono frívolo y superficial que se crea en nuestra sociedad, la Navidad puede acercar a Dios. Al menos, si la vivimos con fe sencilla y corazón limpio.
J. A. PAGOLA