martes, 13 de julio de 2010

SAMARITANOS PARA HOY




"Vete y haz tú lo mismo"


Lc. 10,37



Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y en el camino fue asaltado, apaleado, maltratado quedando mal herido y moribundo. Casualmente pasó un sacerdote, lo vio y pasó de largo. Un levita, lo mismo, lo vio y pasó de largo. Entre tanto pasó un samaritano que se detuvo en el camino, vio al caído, lo atendió, se esmeró por él, le curó sus heridas (o sea le entregó los primeros auxilios), luego lo llevó a un albergue, se encargó de cuidarlo y luego dejó dos denarios para que siguieran atendiendo al caído y pudiera recuperar la salud. A la vuelta de su viaje, pasaría a obtener más información por el caído para ver si hacía falta todavía destinar más tiempo y recursos en su recuperación.

Ante la pregunta del doctor de la ley a Jesús sobre quién era su prójimo, el Señor respondió con esta parábola emblemática que nos trae el evangelista Lucas. Una página clásica que ha quedado para siempre en la conciencia colectiva de la humanidad y de todos aquellos que de alguna forma han reconocido en Jesús a su Maestro y Camino de Vida.

¿Qué hizo en definitiva el samaritano? ¿Cuál fue su lógica? Veamos.

El samaritano VIO. Es decir, en primer lugar este hombre fue capaz de ampliar su mirada y ver la desgracia del hombre que estaba caído. A veces miramos, pero no vemos, necesariamente. No vemos porque sencillamente estamos enfrascados en nuestras propias problemáticas, en nuestro mundo interior, a veces bastante egoísta, que no nos permite salir del círculo en el cual nos movemos de continuo. Los que pasaron antes del samaritano, miraron, pero no vieron. Iban muy ocupados, tenían sus propios planes, actuaron sobre seguro, no quisieron correr ningún riesgo. Hace falta abrir los ojos profundamente para VER lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, para ver a los que están a la vera del camino esperando por alguien que se haga prójimo de su dolor y maltrato.

Con todo, el samaritano no sólo VIO, sino que también se COMPADECIO. Vivió un proceso de conmoción interior profundo hasta las mismas entrañas de su ser. Su corazón latió más fuerte, algo íntimo y profundo ocurrió en su vida que no pudo, sino detenerse ante el caído que yacía medio muerto en el camino. Lo mismo le ocurrió a Francisco de Asís en el beso al leproso que fue su camino de conversión. Y algo parecido vivió Teresa de Calcuta cuando encontró a una mujer moribunda en la calle que era carcomida por las ratas y las hormigas, llevándola al hospital para que muriera dignamente.

Este samaritano, que no tenía ninguna obligación de detenerse y sentir compasión, (ya que los samaritanos no se podían ver con los judíos, por lo tanto el caído no era “su prójimo”), hizo un salto cualitativo, derribó las murallas ideológicas y culturales, y dejó que en su corazón el caído del camino comenzara a existir, que fuera “su prójimo” haciéndose él mismo “prójimo” del caído. Así, su corazón se ensanchó y explotó donándose por completo.

Sin embargo, su lógica no quedó aquí. El samaritano también ACTUO, o sea hizo operativa la caridad y se las ingenió en concreto para hacer que su compasión no se quedara sólo en el terreno de la lástima y el lamento y puso en acto, con medidas concretas, específicas, creativas, la demanda que le venía a su corazón y a su mirada del hecho de encontrar a un hombre caído y medio muerto en el camino.

Se acercó y vendó sus heridas … lo puso sobre su propia montura …lo condujo a un albergue … lo cuidó … sacó dos denarios … y a la vuelta de su viaje preguntará si se debe algo por él.

Se trata de acciones concretas, que conllevan a hacer eficaz y creativa la manera de vivir la solidaridad entre nosotros. Poco o nada habría sacado el samaritano con preguntarle al caído, “¿tienes seguro médico?” “¿te pueden venir a buscar?” “lo siento mucho”, “¿qué le pasó”, “¿para dónde se fueron los bandidos?”, etc, todas preguntas o afirmaciones que no haría más que dilatar la solución al problema y claramente inoficiosas e inconducentes.

También nosotros hoy debemos ser capaces de reeditar esta página bíblica. Hoy ella nos interpela fuertemente y nos invita a ver, compadecernos y actuar en concreto. Hacer que los caídos se levanten y se incorporen nuevamente a la vida abundante que Jesús nos quiere dar. A hacer un salto cualitativo profundo de nuestra fe, más allá de consideraciones ideológicas, racistas, culturales, de religión, etc.

Cuando el doctor de la ley preguntado por Jesús por quién se había portado como prójimo dice: “El que tuvo compasión”, el mismo Señor le dirá, entonces: “ANDA Y HAZ TU LO MISMO”.

Entonces viviendo nuestra fe en esta CLAVE SAMARITANA (ver, compadecerse y actuar), estaremos cerca de heredar la Vida Eterna.

miércoles, 23 de junio de 2010

TOMANDOLE EL PULSO A NUESTRA FE




"Pero ustedes, les preguntó,
¿quién dicen que soy Yo?


Lc. 9,20



Esta pregunta de Jesús, hecha a sus discípulos mientras oraba y se prepara para subir a Jerusalén donde será crucificado, la han respondido muchos hombres y mujeres a lo largo de estos dos mil años.

Me imagino a un Pablo, un Agustín, una Sta. Teresa de Avila, un San Francisco, un Alberto Hurtado, una Teresa de Calcuta, un Obispo Romero, respondiendo esta acuciosa pregunta desde su particular situación de vida.

La han respondido hombres y mujeres sencillos, indígenas, obreros, artistas, intelectuales, miles de comunidades de base, obispos, sacerdotes y religiosas. Muchos laicos y laicas que a lo largo de nuestra historia se encontraron a quemarropa con esta pregunta y fueron obligados a responder desde su propia experiencia de vida.

Hoy te toca responder a ti.
Desde nuestra particular situación de vida, Jesús nos interpela y sale al encuentro de nuestra fe para que la podamos descifrar con mayor profundidad y generemos una suerte de introspección de aquello que creemos e intentamos vivir.

Ya no vale ser cristiano de “memoria” o por “costumbre” o por “tradición”. Ya se hace insostenible una fe espúria, anquilosada, pegada en algunas fórmulas vacías o una fe que se disocia de la vida cotidiana, vivida sólo como un acápite, un anexo o algo meramente formal que responde a una “cultura religiosa” de la que uno puede provenir por sus ancestros y antecedentes familiares.

Con razón, Aparecida, citando a Benedicto XVI, nos dice que: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Nº 243).

De eso se trata, me parece, la pregunta de Jesús. De que nos preguntemos por qué soy cristiano. ¿Qué raíz fundamental sostiene mi fe en Jesús? ¿De qué forma y en qué momento fui encontrado personalmente por Jesús?.

Y la respuesta a la pregunta de Jesús, junto con comprometerme existencialmente con la vida diaria, también irá siendo distinta de acuerdo a la realidad actual en la que esté inmerso.

Como le responda hoy a Jesús, así también será el nivel de vida cristiana que lleve. Si es una respuesta personal, vivencial, así tendrá incidencia la fe en mi vida. Si por el contrario, esta es una respuesta más bien vaga, teórica, o aprendida de memoria, entonces mi fe sólo será un dato anexo y formal a mí que no tendrá su correlato existencial en la vida misma.

Entonces, frente a esta pregunta de Jesús, ¿qué puedo decir al respecto hoy día?

martes, 8 de junio de 2010

INVITADOS A LA MESA





"Todos comieron hasta saciarse"

Lc. 9, 17




La mesa es el lugar del encuentro, de la intimidad y de la gratuidad.

Es el lugar de la memoria, de los relatos y el diálogo fluido y sereno. En la mesa, se está bien, hay lugar para la distensión, la entrega de afectos, el corazón se ensancha y el amor se muestra y se demuestra en toda su intensidad.

La mesa reúne a los amigos, a los que se aman, a los hijos con los padres, a los hermanos, a todos aquellos que de alguna u otra forma desean interactuar y vivir un momento de solaz, apertura y cercanía.

En torno a la mesa nos sentimos familia, nos asociamos en un proyecto común, compartimos experiencias, vislumbramos el presente, y el futuro se nos presenta no como amenaza sino como oportunidad y desafío.

Alrededor de una mesa abrimos el corazón, derramamos algunas lágrimas, nos hacemos solidarios y afectivos, apagamos los conflictos, sanamos las heridas, nos sentimos acogidos, queridos y tomados en cuenta en nuestra exclusividad e individualidad.

En la mesa no existe el tiempo, la eficacia o la eficiencia, el apuro o el activismo. Se apagan los celulares, no se abre la Internet, se deja por un momento el facebook, se escucha, se dialoga, se hace familia, se comunica, superamos el aislamiento, miramos en verdad a los ojos, se abre el corazón sin miedos, nadie se siente amenazado, hay lugar para ser lo que uno es porque caen las máscaras, porque nadie tiene que aparentar lo que no es, porque en la mesa, en definitiva, cada uno es lo que es y nada más.

Jesús, gustó de ir a compartir a muchas mesas. Y a todas las mesas.

Se sentó a compartir con publicanos, fariseos, escribas, pecadores y amigos. Estuvo con Marta y María sentado a la mesa, con Leví, el publicano, con Simón el fariseo y también se sentó a la mesa con multitudes como lo demuestra la multiplicación de los panes en el texto de Lucas.

En la mesa, el Señor escuchaba, enseñaba, intimaba con sus interlocutores, les predicaba la Buena Noticia del Reino, sanaba los corazones y se hacía cercano e íntimo con todos aquellos con quienes compartía la mesa. Hacía caso omiso de los comentarios mal intencionados que oponían el que él siendo el Señor se sentara con cualquiera a la mesa para compartir su vida.

Algo así debieran ser nuestras Eucaristías.

Un lugar donde nos sintamos invitados por Jesús a su mesa para lograr una íntima comunión con él y con los hermanos. Una mesa en la que caben todos, donde sólo hace falta tener el corazón y los oídos abiertos para escucharle con atención y esmero. Una mesa que nos desafía a crear otras mesas donde haya pan para todos y en donde los aspectos relacionales tan propios de los encuentros entre amigos también se logren vivir en nuestras celebraciones.

Acabamos de celebrar al Dios Uno y Trino, un Dios que se comunica, que crea comunión, que vence el aislamiento y la soledad. Ese mismo Dios, que ahora se nos muestra como un Dios que da pan en abundancia y que crea comunión, sea nuestro paradigma para vencer la soledad, el aislamiento, la incomunicación, la frialdad que a veces denota nuestra vida moderna.

Recuperemos, pues, la importancia de sentarnos en la mesa para ser más humanos y así ser más divinos.

Y también la mesa de la Eucaristía donde comeremos hasta saciarnos.

domingo, 23 de mayo de 2010

UN NUEVO PENTECOSTES


"Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:
Reciban el Espíritu Santo"


Jn. 20,22



Estando los discípulos con las puertas cerradas por temor a los judíos, irrumpe en ellos Cristo Resucitado para regalarles el don de la paz; enviarlos por el mundo a perdonar y sanar; y, sobre todo, para hacerlos partícipes de su mismo Espíritu. Tanto es así, que sopló sobre ellos y les llenó para siempre de la fuerza del Espíritu Santo. Con esta fuerza, que recibieron para la misión, los discípulos acabaron con el miedo, abrieron todas las puertas (las del corazón y de la mente, primordialmente), y comenzaron a vivir de manera distinta la aventura del Evangelio, predicándolo con la palabra y el testimonio al mundo entero.

Este Espíritu que es fuerza para la misión y es vida nueva para la criatura y la Comunidad, es el motor de la evangelización y de la historia. Es viento impetuoso que sopla donde quiere y que invita a la renovación constante de la vida. Es agua que da vida y que purifica los corazones. Es aceite que marca y consagra y capacita para llevar el Evangelio a todas partes. Es fuego que quema y llena de amor los corazones. Es paloma que trae la paz al corazón herido y que invita a ser portador de buenas noticias para los demás. Son manos que sanan y que cobijan y que acogen al que necesita de la misericordia y la compasión.

Este soplo divino es el que necesitamos recibir hoy día también en nuestros corazones y en el seno de nuestras Comunidades Cristianas. Este soplo de Dios, es el aliento que viene de lo Alto que nos transformará profundamente en nuestra praxis cristiana y que nos ayudará a recuperar el amor primero, el encanto por el Evangelio, la fidelidad creativa a la Palabra de Dios pronunciada por Jesús en la región de Galilea.

Este soplo de Dios es la fuerza que necesitamos para no desmayar y que nos fortalecerá para enfrentar los desafíos de esta hora. Es la fuerza que nos lanzará a la misión y que provocará la desinstalación necesaria para pasar de una vida cristiana sosegada y tranquila, a una vivencia comprometida en la solidaridad y el amor fraterno vivida en profundidad y vitalidad.

Es el soplo divino que HOY pedimos recibir con abundancia de dones en cada uno de nuestros corazones. Soplo que nos reanimará en la búsqueda incesante por hacer creíble el Evangelio y por compartir con otros el sueño de Dios por un mundo más humano y más fraterno.

Soplo de Dios, soplo de Jesús, sopla sobre nosotros. Sopla de nuevo, como un día en el Cenáculo, como un día en Pentecostés, para que todo alcance un nuevo dinamismo, una nueva dimensión, un nuevo reencantamiento.

Fatigados como podemos estar. Cansados por el arduo camino que nos toca recorrer. Desdibujados en nuestra vida creyente como a veces nos podemos sentir, el soplo de Dios lo pedimos con humildad e insistencia.

Sólo así, todo será renovado. Habrá espacio para el compromiso asumido, para la novedad vivida como realidad, para el nacimiento de una nueva criatura y una nueva Iglesia. Sopla de nuevo Señor, para que no nos venza el miedo y así poder tener coraje y sacudirnos de todo aquello que se torna mundano y estéril. Sopla Señor, para buscar con pasión y decisión el camino que hoy día nos toca recorrer en este nuevo milenio que hemos iniciado.

Soplo divino, sopla de nuevo, como un día en el Cenáculo y en Pentecostés. Nuestros corazones así lo esperan, así también lo anhelan nuestras Comunidades.

Sí, Señor, sopla de nuevo. Lo pedimos y lo esperamos de todo corazón.



martes, 11 de mayo de 2010

DISCERNIMIENTO CRISTIANO







"El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido ..."

Hech. 15,28



Se había suscitado una seria controversia en el seno de la Iglesia naciente, en el sentido de si un pagano podía ser cristiano sin pasar por la observancia de la ley judía, entre ella guardar la ley de la circuncisión como expresión de la alianza hecha a Dios, como se practicaba normalmente en el mundo judío y como lo establecía la ley de Moisés.

La controversia no era menor. Se trataba de dar un salto hacia delante en el sentido que el evangelio estaba siendo predicado fuera del ámbito judío y abriéndose campo entre el mundo pagano, con lo cual esos nuevos “creyentes”, venidos de otro ámbito cultural, debían recibir la Buena Noticia de Jesús a partir de otros códigos, haciendo más amplia la propuesta de Jesús.

En este contexto, Pablo, Bernabé, los “ancianos” y los apóstoles reunidos en la Comunidad Madre de Jerusalén, bajo la guía y la luz del Espíritu Santo, deciden que para ser cristiano sólo bastaba creer en Jesús y bautizarse, sin pasar previamente por los mandamientos y costumbres religiosas del mundo judío, entre las cuales la circuncisión era fundamental. Acuerdos que nacieron en lo que se llama el Concilio de Jerusalén.

Ante esta decisión pastoral, estamos frente a un acto propio de discernimiento cristiano. Los Apóstoles, escuchando en verdad al Espíritu Santo y dejándose iluminar por él, de acuerdo a su legítima potestad apostólica, zanjan una controversia fundamental para el futuro de todos aquellos paganos, que comenzaban a abrirse en la fe del Resucitado.

Este hecho de la primera hora del cristianismo, nos viene a recordar la necesidad perentoria que tenemos hoy día los cristianos de ejercitarnos de continuo en el discernimiento. No deberíamos tener miedo a preguntar de continuo al Espíritu Santo, ¿qué será lo que le agrada al Señor HOY y AQUÍ? Porque de eso se trata, que personal y comunitariamente, sepamos discernir los signos de los tiempos para hacer que nuestra fe sea una respuesta adecuada a las necesidades de hoy.

El discernimiento cristiano, ejercido de continuo en nuestras Comunidades Cristianas y en la Iglesia institucional, nos va a ayudar para mantener “la frescura” del Evangelio anunciado por Jesucristo y llevado a todo el mundo por la Iglesia naciente. Cuando nos ejercitamos en el discernimiento, nos hacemos co-protagonistas en la causa de la evangelización. Nos hacemos cargo de la fe que profesamos de una manera adulta y consciente.

El discernimiento nos ayuda a ser más libres de todas aquellas leyes, costumbres, ciertas “ramificaciones” que se van instalando en nuestro quehacer cristiano, que no necesariamente hoy día son una respuesta válida para la realidad que nos toca vivir.

Discernir, bajo la luz y la guía del Espíritu Santo, es reconocer que el Mensaje tiene mucho de novedad y que no siempre éste lo podemos encapsular en nuestras tradiciones, estilos de vida o formatos religiosos que para un cierto tiempo fueron una respuesta clara, pero que para hoy puede que estén obsoletos.

Discernir en clave cristiana es abrirnos con valentía a que el Espíritu Santo nos lleve a recorrer caminos insospechados como un día lo hicieron Teresa de Calcuta, Juan XXIII o el obispo Romero en San Salvador.

Discernir, en el fondo, para poder ser más fieles al espíritu del Evangelio en este siglo XXI que nos toca vivir.


lunes, 26 de abril de 2010

LIDERAZGO PARA HOY






"Jesús dijo: Mis ovejas escuchan mi voz.

Yo las conozco y ellas me siguen"

Jn. 10, 27



Todos los grupos humanos necesitan de líderes. Sean éstos clubes deportivos, partidos políticos, agrupaciones culturales, los gobiernos, etc., necesitan tener personas que encabecen sus procesos, los encaucen y los lideren en sus proyectos. En este sentido, también la Iglesia, necesita de líderes que sean pastores al estilo de Jesús, el Buen Pastor.


Pero ocurre que hoy en día asistimos a una evidente falta de líderes en el mundo entero, que se ve reflejado en la ausencia de verdaderos líderes que lleven a nuestros pueblos a vivir procesos auténticos de liberación y dignidad humana. ¿Los motivos?, no sabría precisarlos, quizás la caída de las ideologías, utopías que se desvanecen, la mirada cortoplacista de nuestras generaciones, la mirada “materialista” de la vida exacerbada por el consumismo y el dinero, en fin, interpretaciones pueden haber varias para asumir esta afirmación en cuanto los líderes no son precisamente los que sobran en nuestro mundo.

En nuestra Iglesia también asistimos a un tiempo difícil en el liderazgo que ha de suscitarse en nuestras Comunidades y en la Iglesia en términos generales. No sobran los profetas y místicos. O los mártires y los testigos. Buscamos a nuevos testigos y pastores que, con el estilo de Jesús, Buen Pastor por antonomasia, vayan delante de sus ovejas y las conduzcan a la vida abundante.

Siguiendo a Jesús, Buen Pastor, el líder es una persona (ya sea en el matrimonio, en la escuela, en el gobierno, o en la Iglesia) que depone sus intereses personales en función de las “ovejas” a las cuales les corresponde liderar. El se juega su vida por ellas. Va delante de ellas mostrándoles el horizonte. Las protege y les ayuda a desencadenar procesos y busca su maduración y plena realización.

El líder no mira el hoy, sino el mañana de sus ovejas. Hace suyas sus demandas y sale a protegerlas de quien les quiere hacer daño. El líder, pastor de los suyos, lleva a las ovejas a poner su mirada en lo más grande, en lo más hermoso. Se hace compañero de ruta y está siempre al lado de los suyos.

El líder, en definitiva, gasta su vida en bien de los demás, porque en definitiva el bien de las ovejas es la felicidad de su vida.

miércoles, 7 de abril de 2010

¡RESUCITO, ALELUYA!



"Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?
No está aquí, ha resucitado"


Lc. 24, 5-6


La muerte no es el final del camino. No lo fue para Jesús, no lo será para nosotros.

Aparentemente la muerte, había sido el final de una linda historia que se había tejido desde Galilea por Jesús de Nazaret. Ella, disgregó a los discípulos, todos dejaron Jerusalén y volvieron a Galilea con la esperanza derrumbada y con los sueños destruidos. Todo se había acabado. Había sido una linda historia, mas, ahora había que volver a comenzar de nuevo.

En esto estaban los discípulos, las mujeres y los que habían seguido a Jesús, cuando ante sus ojos se fue haciendo evidente otra realidad: CRISTO HABIA RESUCITADO. Se les apareció en innumerables oportunidades y ellos simplemente hicieron el ejercicio de todo creyente: VIERON Y CREYERON.

Esta experiencia de la resurrección de Jesús, que la Iglesia celebra cada día, cada domingo, y en este tiempo de manera más intensa, es de suyo la experiencia fundamental que sostiene la caminata diaria de nuestras comunidades y de cada cristiano.

Con la resurrección de Jesús, todas aquellas experiencias humanas que nos acompañan cada día, como por ejemplo, el dolor, la soledad, las lágrimas, el abandono, la pobreza y las injusticias, ceden su espacio (o deberían hacerlo), a esta nueva experiencia de la VIDA NUEVA que Cristo Resucitado ha incorporado como dato fundamental y definitivo de lo que es nuestra realidad humana.

La resurrección del Señor, nos permite ponernos de pie, salir del sepulcro de nuestras muertes cotidianas, para enarbolar, ahora con esperanza cierta, las banderas de una vida con sentido y proyectada a una realidad que no se puede quedar entrampada en las expresiones de muerte que se dan en nuestro camino cotidiano.

La resurrección del Señor cambió la vida de los apóstoles, de las mujeres y de quienes lo seguían, tanto en cuanto, ellos se dejaron encontrar por el RESUCITADO e hicieron esta experiencia personal de la resurrección. VIERON Y CREYERON y por eso nuevamente fueron capaces de rearmar la comunidad y adquirió sentido la forma nueva de vida que Jesús había predicado en su Evangelio.

Para este tiempo, a veces oscuro y complejo, que nos toca vivir, los cristianos debemos volver a Galilea para encontrarnos ahí con el RESUCITADO y comenzar un camino nuevo, en el cual su Espíritu recorra al ambiente de nuestras comunidades y cada una de nuestras vidas.

Así, la muerte no será el final del camino, sino el penúltimo eslabón en este camino hacia la vida resucitada y resucitadora en la persona del mismo RESUCITADO.