martes, 17 de diciembre de 2013

DIMENSIONES DE NUESTRA FE



La fe debe ser EDUCADA Y FORMADA:
Un aspecto de primera importancia, tiene que ver con el esfuerzo permanente que tiene que hacer el creyente por profundizar aquello que se cree. La fe tiene que ser renovada constantemente. Uno se tiene que hacer cargo de lo que cree y por lo mismo debe encaminarse hacia una fe adulta. Si la fe no se educa y se renueva puede apagarse y morir definitivamente. Es lo que le decía Jesús a Pedro:
“He pedido por ti, para que tu fe no se apague” (Lc. 22,32). Uno no puede quedarse en una fe básica, lo aprendido en el catecismo en la primera hora de nuestra vida o simplemente aferrarse a cuestiones menores que no tienen que ver con el corazón del mensaje cristiano.
 
Esta educación y formación de la fe, debe trascender lo meramente teórico y abstracto (sin conexión con la vida), sino que debe ser experiencial y que tenga una directa relación con los quehaceres de la vida ordinaria. Una formación desde la vida y para la vida. No se trata de acumular contenido en la cabeza, sino de profundizar desde el corazón el Misterio de Dios y la Persona de Jesús.
           
Si nosotros descuidamos la formación de nuestra fe  nos puede pasar el peligro que advierte el Papa y que les decía a los jóvenes en Brasil: "Por favor, ¡no licuen la fe en Jesucristo! Hay licuado de naranja, licuado de manzana, licuado de banana, pero por favor, ¡no tomen licuado de fe! ¡La fe es entera, no se licua! Es la fe en Jesús. Es la fe en el Hijo de Dios hecho hombre, que me amó y murió por mí"
 
La fe se vive en COMUNIDAD:
 
Un peligro siempre presente entre nosotros, es que hagamos de la fe un asunto privado, intimista e individualista. Privatizar la fe, como se dice. Se trataría de vivir aislado de los demás y no sentirse parte de una Comunidad de creyentes y esto no es así. Jesús conformó un grupo de DOCE apóstoles, llamó a otros SETENTA discípulos y en Pentecostés nos regaló su Espíritu para que conformáramos una Iglesia, el grupo de los creyentes. Así lo demuestra el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,42) cuando nos señala que los creyentes acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la convivencia, a la fracción del pan y a las oraciones… vivían unidos y compartían todo lo que tenían. Y esto lo reafirma  el Concilio Vat. II en la Constitución “Lumen Gentium”, cuando nos dice: “Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (N° 9).
 
Vencer el aislamiento y el  individualismo, será una tarea preponderante, en particular cuando tenemos la tendencia de separar la fe de nuestra pertenencia a la Iglesia-Comunidad-Pueblo de Dios. Y esto se hace más evidente cuando se oyen voces que dicen: “Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia”, particularmente cuando esta Iglesia se ha visto manchada por la conducta impropia de algunos de sus miembros.
 
La fe se CELEBRA:
 
Los seres humanos necesitamos vivir ciertos ritos y rodearnos de algunos símbolos que le den una identidad a nuestra vida comunitaria. Lo vivimos esto en nuestras familias, en nuestras diversas culturas y pueblos que tienen sus fechas memorables, sus mártires y sus propios héroes.
           
De la misma manera, para que la fe no se apague o sencillamente se acabe, el creyente necesita alimentar este don con la fuerza de los sacramentos, la Palabra y la oración, comunitaria y personal. A través de los sacramentos recibimos la gracia de Dios que nos permite levantar la mirada y caminar por los senderos de este mundo dando testimonio alegre y convencido de Jesús y su Evangelio.
 
El sentido de la fiesta también se tiene que expresar en la vivencia de nuestra fe y en este aspecto un lugar preponderante lo alcanza el sacramento de la Eucaristía, que para la Iglesia es fuente y cumbre de toda la vida cristiana. Necesitamos descubrir o redescubrir la Eucaristía como eje fundamental de nuestra vida de fe. Redescubrir el sentido el domingo como día de descanso y día de fiesta para celebrar el paso de Dios por nuestra historia personal y comunitaria.
Pienso que el acento marcado por el consumismo, el materialismo y, sobre todo, el secularismo (desprendernos de Dios y dejarlo en el patio trasero de la casa), ha conspirado fuertemente para que esta DIMENSION FESTIVA de la fe no se exprese en toda su intensidad. Mucho bien nos haría plantearnos la posibilidad cierta de celebrar de continuo la eucaristía, especialmente el día domingo o, al menos en las grandes fiestas de nuestra fe. La eucaristía más que un rito vacío, se ha de constituir en una PROFECIA para nosotros. Debe ser un reto, un desafío para vivir cada día.
 
La fe se debe TESTIMONIAR Y VIVIR:
 
El encuentro personal con Jesús, cuando ha sido auténtico, conlleva la necesidad de anunciar el Evangelio y vivirlo en un compromiso real en las situaciones variadas en la cual se ve inserto el creyente. Ya lo dice el Papa Francisco en una catequesis reciente: Todo encuentro con el Señor tiene un carácter misionero. Por eso, los Sacramentos constituyen una invitación a comunicar a los otros lo que hemos visto y oído, a llevar a los demás la salvación que hemos recibido”.
 
Por eso la fe tiene esta DIMENSION MISIONERA que nos hace ser sal de la tierra y luz del mundo y procurar ser como la levadura en medio del mundo, siendo fermento en la masa. Aquí vale bien la pena recordar, el texto bíblico en donde Jesús nos recuerda que: La lámpara no se esconde en un tiesto, sino se pone en un candelero para que alumbre a todos los de la casa” (Mt. 5, 15). Estamos llamados a proyectar y prolongar la fe en los diversos ámbitos de la vida.
 
En este contexto se hace necesario preguntarnos como estamos llegando a aquellos espacios que requieren de la luz de la fe, como por ejemplo, el ámbito familiar, el ámbito laboral, la búsqueda del bien común,  la inserción creativa y comprometida que los creyentes deberíamos hacer en aquellos organismos como son sindicatos, juntas de vecinos, clubes deportivos, grupos culturales, etc.
 
En la realidad actual que vivimos, siento que los cristianos tenemos muchos retos que enfrentar y de alguna manera iluminar con la luz del Evangelio. Hay una diversidad de temas que requieren de nuestra atención, como por ejemplo: Fe y promoción humana; fe y vida (desde su concepción hasta la muerte); fe y familia; fe y trabajo; fe y política, etc.
 
En suma, la fe debe iluminar TODOS LOS AMBITOS DE NUESTRA VIDA, no puede quedar ninguna área fuera de la fuerza del evangelio y esa tarea nos corresponde llevarla a cabo con sabiduría, en diálogo con los demás y con total convicción que hemos abrazado una causa justa como es la que nos ha  propuesto Jesús de Nazaret.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La fe, término tan propio de los creyentes en Dios Amor, pocos en comparación a todos los hombres y mujeres, pues la gran mayoría en especial en países donde justamente los cristianos son perseguidos, abundan los que han puesto su fe en ideologías filosóficas o esotéricas, cosas, animales, personas humanas y otros.
Cuidemos esa fe que recibimos de nuestros antepasados, sobretodo la familia, pero para ello, no solo depende de mantenerla por sí sola, sino más bien abandonarse sin temor a que el Señor Jesucristo nos lleve por el sendero iluminando la oscuridad de cada persona según la disposición y la libertad de cada cual.
Fray Mario, ayúdanos a creer con más fuerza a través de tu apostolado, de tu persona y de tu actuar, ahora que la sociedad nos muestra el consumismo como lo prioritario en la Navidad.