sábado, 12 de mayo de 2012

MADRE




Cuando pronuncias la palabra mamá: ¿En qué piensas? ¿Qué sientes? ¿Qué recuerdas? ¿Qué añoras? ¿De qué te arrepientes? ¿Qué le dirías? Mi madre está frágil, cansada y sus arrugas dan cuenta de una vida gastada y entregada por siempre. Tiene el corazón amplio, grande y hermoso. Sus manos tiernas y fuertes todavía pueden acoger y acariciar. Su mirada profunda y limpia para ver lo que otros no ven. Es que es contemplativa. Decir madre, es pensar en quien es la primera en levantarse y la última en acostarse. La que le sirve el mejor plato a su hijo y ella se queda con lo que va quedando, así al menos lo viví yo cuando chico. Es ella la que te amamantó, te cuidó, te valorizó y te dio alas para que volaras. De repente, tu madre te miraba de reojo y se preguntaba, ¿qué llegará a ser mi hijo?, Dios te proteja siempre hijo, seguramente era su plegaria silenciosa.

Amiga del silencio, mi madre, como pidiéndole a él que hable por ella. Por sus manos han pasado centenares de rosarios hablando con el SILENCIO del cual escucha lo definitivo, lo mejor, lo más bello. Me acaba de decir, “como me gustaría ser un pájaro para ir volando a saludarte”. Siempre creativa, soñadora, impetuosa, así son las madres. Son como un trocito de Dios presente en el mundo. Decir madre, es sentir que el amor se hace verdadero, que la palabra se hace compromiso, que el cansancio se hace descanso y que la vida se hace canción y poesía.

Vive madre tu vocación materna, no renuncies a ella, más allá de cómo te salgan tus polluelos. Ama madre, sirve mamá, háblame de las cosas lindas de la vida, enséñame a vivir, háblame de amor, sana mi corazón. Madre, sigue caminando con los pasos que  hoy día tienes. Te pienso, te siento, te recuerdo, te añoro, te llevo en mi alforja. Te recuerdo cuando me dabas la mamadera de la tierna infancia, o cuando me mandabas a comprar pan, o cuando me escribías tus lindas cartas al seminario o cuando te quedabas pegada en la puerta, emocionada, y te despedías de mí cuando volaba en la aventura de seguir a Jesús. Te recuerdo cuando te acompañaba en tu dolor de aquellos años, deambulando por calles y tocando puertas. Y cuando, cada vez, no te cansas de decir, “hijo, te quiero”. Y, también, cuando me dabas consejos, “son para tu bien”, me decías.

La madre es como sentir que todavía se puede amar gratuitamente. Sin esperar nada a cambio. Ser madre es anonadarse, hacerse pequeña, vaciarse de si, alejar la pretensión y la imagen de lo que no existe. La madre tiene los ojos limpios, el corazón rebosante, las manos cálidas. La madre confía, espera, escucha, no se cansa. La madre cobija y estrecha. Sobre todo al más débil.

Madre, tu hijo está contigo, como tú has estado conmigo todos estos años. Gracias por todo, gracias por enseñarme a ser libre y a volar. Gracias por tu entereza que muchas veces me animó. Gracias a todas las mamás por lo que son. Sigan siendo madres, por siempre, hasta el final, esa es su vocación. Madre, madre. Madre por siempre.

Con todo el cariño de un hijo que sabe lo que es tener una madre.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Profundo, sensible, sincero, cariñoso, inteligente, etc... en muchas cosas eres el reflejo de tu mamá. Sin conocerla, me doy cuenta que ella sembró buena semilla y en una tierra fértil. Tu representas a todos los hijos, que muchas veces no tenemos las palabras justas para agradecerle a nuestra madre su amor sin límites. Gracias por esa carta, eres ante todo, un hijo agradecido y orgulloso del ser que te dió la vida. Un abrazo de madre.