domingo, 4 de mayo de 2008

"VAYAN POR TODO EL MUNDO"

“Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”
(Mt. 28, 19-20)

En la Solemnidad de la Ascensión del Señor, siguiendo este evangelio de Mateo, recordamos que “EVANGELIZAR constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda (E.N. 14).

Este cometido misionero, que le es propio a toda la Iglesia, ha de ser profundizado cada día más, de tal suerte que TODOS quienes somos parte del Pueblo de Dios, nos sintamos “discípulos misioneros” como nos señala el Documento de Aparecida, de tal suerte que seamos capaces de compartir la BUENA NUEVA del Evangelio con todos aquellos que buscan experiencias de una vida mejor y más auténtica.

Los cristianos católicos, en el lugar que estemos y de acuerdo a la vocación recibida, debemos ser capaces de salir de nosotros mismos, vencer toda pasividad, personal y comunitaria, e ir al mundo que hoy más que nunca precisa de Jesús, Camino, Verdad y Vida.

Y vamos a ir por el mundo, en una actitud de servicio, diálogo y proclamando las maravillas que el Señor hace por nosotros. Llevando una mensaje liberador y sanador a todos aquellos corazones maltratados, rotos o endurecidos por los vaivenes de la vida. Es así que, las palabras de nuestros Pastores suenan con toda intensidad entre nosotros para darnos cuenta que “Los cristianos somos portadores de buenas noticias para la humanidad y no profetas de desventuras” (Aparecida, 30).

De igual forma, un buen termómetro sobre la calidad y profundidad de nuestra fe, personal y comunitaria, estará medida por el talante evangelizador de nuestras acciones cotidianas. Si somos capaces de compartir con los demás, ahí donde nos toca vivir y trabajar, el tesoro del Evangelio y la Persona fascinante de Jesús, quiere decir, entonces, que nuestra fe estará viva. Lo contrario, daría cuenta, sin más, de una fe que languidece y se enfría y que, por lo mismo, no contagiará a nadie. Sobre esto último debemos estar siempre atentos y lúcidos para no dejar pasar por alto el encargo de Jesús, siempre actual e interpelador: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”.

¿Estaremos dispuestos a asumir cada día este desafío?

Espero que sí.

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