domingo, 12 de septiembre de 2010

EL REGRESO DEL HIJO A LA CASA PATERNA




El corazón del Padre, es el corazón de la misericordia.


¡Haz el camino del retorno! Dios te espera.


Al final encontrarás la LUZ.




"Se marchó a un lugar lejano"

Lc. 15, 13



El capítulo 15 de Lucas, nos muestra como es el corazón de Dios, es el evangelio de la misericordia y la compasión infinita que Dios tiene para con sus hijos.

Se trata de 3 parábolas que nos cuenta Jesús, a propósito de las murmuraciones de los fariseos y maestros de la ley que contemplan cómo publicanos y pecadores se agolpan en torno al Maestro para escuchar su enseñanza. En el criterio farisaico y de los escribas, era inaudito que El se juntara con pecadores y comiera con ellos.

Aparece entonces la parábola de la oveja perdida, de la moneda que extravía una mujer y la famosa y emblemática parábola del Padre misericordioso, más conocida como la parábola del hijo pródigo.
En estas tres parábolas, aparece el mismo esquema: la pérdida (de algo, una oveja, una moneda y de alguien, un hijo), el encuentro y el festejo que se suscita producto del encuentro.

Me detengo un momento en la última parábola.

El hijo menor queriéndose emancipar y vivir su libertad de manera plena, le pide a su padre que le de la herencia que le corresponde. Y parte a un país lejano. Este hijo hizo, así, un corte drástico con su padre a tal punto que cortó con todo, con su forma de vivir, de pensar y de actuar. Dejó el hogar, negó su vínculo con su padre y fue en busca de nuevos horizontes. Pero en el camino se gastó todo, comenzó a convivir con la miseria y el hambre, perdió radicalmente su dignidad y acabó en el abismo. Frente a tal situación no le quedaba otra que volver a la casa, al hogar donde se había criado y era hijo y no esclavo. El padre apenas lo ve de vuelta a la casa, se conmueve profundamente (como el buen samaritano), se abalanza sobre él, lo abraza y ordena que hagan fiesta porque ese hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.

Esta es la experiencia de cada uno de nosotros que, de tanto en tanto, nos vamos una y otra vez de la casa del Padre. Con la pretensión de querer construir nuestra propia vida, abandonamos el hogar, queremos la parte de la herencia que nos corresponde y cortamos radicalmente con aquellos principios o valores orientadores que alguna vez fueron parte de nuestra existencia. Nos vamos de la casa para vivir “a nuestro aire”, en una pretendida libertad plena que no tendríamos en la casa y cortamos todo vínculo espiritual que nos pueda coaccionar en nuestro libre albedrío. Esos “hijos pródigos” que andan por ahí, enfrascados en un ambiente secularista y de abandono a todo arraigo religioso, dan cuenta que esta parábola se sigue viviendo en nuestros días.
Es la realidad de muchos de nosotros que un día nos fuimos a un “país lejano” porque ya no queríamos estar sujetos a una forma de vida que nos podía quitar el aire que necesitábamos para respirar y ser libres. Y en esta opción no nos ha ido bien.

Pero podemos hacer el camino del regreso a casa. Y en esta parábola aparece con nitidez la “verdadera cara de Dios”. La historia del hijo pródigo es la historia de un Dios que SALE A BUSCARME y que no descansará hasta que me haya encontrado. Dios siempre te buscará. Irá a cualquier parte para encontrarte. Te ama y te quiere en casa y no descansará hasta que estés con El. "
La cuestión entonces no es: ¿Cómo puedo encontrar a Dios? sino ¿cómo puedo dejar que Dios me encuentre? La cuestión no es: ¿Cómo puedo conocer a Dios? sino ¿Cómo puedo dejar que Dios me conozca? Y la cuestión no es: ¿Cómo voy a amar a Dios? sino ¿Cómo voy a dejarme amar por Dios?" (El Regreso del Hijo Pródigo, H. Nouwen).

Dios nunca ha retirado sus manos y por eso nos puede volver a abrazar y ponernos el vestido nuevo, el anillo en el dedo y zapatos en los pies (signo de la nueva dignidad de hijos) y hacer fiesta a condición de que haga el camino del retorno redescubriendo mi yo más profundo: TODAVIA SIGO SIENDO HIJO DE MI PADRE.

miércoles, 18 de agosto de 2010

HURTADO, SOLIDARIO


"La justicia es una virtud fundamental, pero impopular.
Hay muchos que están dispuestos a hacer la caridad, pero no se
resignan a cumplir con la justicia.
La verdadera caridad termina donde comienza la justicia"


San Alberto Hurtado



El 18 de agosto de 1952, moría Alberto Hurtado con fama de santidad, después de haber sufrido un cáncer al páncrea por el cual partió de este mundo a la Casa del Padre.

Apóstol incansable de Jesucristo. Educador, predicador, creador del Hogar de Cristo, hombre de intensa vida de oración, director espiritual, confesor. Siempre al lado de los pobres y apostando por ellos y su dignidad de vida. Apreciado en su tiempo y vilipendiado fuertemente. Querido y rechazado. Admirado y cuestionado. Sin duda, un verdadero discípulo de Jesucristo que transitó por las calles de Santiago y que hizo presente el Evangelio del Señor a la Iglesia y la sociedad en los años que le tocó vivir su ministerio sacerdotal y su vida religiosa como jesuita.

Bajo su figura se ha denominado a agosto el MES DE LA SOLIDARIDAD y hoy 18 de agosto se celebra el DIA NACIONAL de la solidaridad para llamar la atención a toda la sociedad chilena sobre este particular valor que cada vez nos cuestiona, nos interpela y nos hace reflexionar de cómo hoy recreamos en nuestros ambientes esa parábola del buen samaritano que tan magistralmente nos contara Jesús en el evangelio de Lucas.

Parafraseando a Alberto Hurtado, nos podemos preguntar: ¿Es Chile un país solidario? ¿Es Chile un país suficientemente justo y equitativo? ¿Hay tareas pendientes entre nosotros para crear una sociedad que se construya a escala humana, con respeto por los derechos de los más débiles y marginados?

La última encuesta Casen nos ha dicho que la brecha entre ricos y pobres no sólo no ha disminuido, sino que ha aumentado en los últimos años en nuestro país. Nos ha señalado que en este minuto hay más cesantes (del orden de los 600 mil en total) en el país que no tienen acceso al trabajo.

Esos 33 mineros que yacen enterrados en el fondo de la mina “San José” (¡qué ironía el nombre!), dan cuenta del nivel de inseguridad en el cual laboran muchos chilenos y chilenas en el país con tal de ganarse el pan de cada día, importándoles poco los peligros reales o latentes que puedan sufrir.

Y así suma y sigue. Un día serán los temporeros, en otro momento pueden ser pescadores, o mineros o personal de la construcción.

¿Qué nos dice esos edificios nuevos que colapsaron en el último terremoto acaecido en nuestra patria, siendo que muchos otras construcciones si pudieron aguantar bien el inmenso movimiento telúrico de febrero pasado.

Los chilenos tenemos mala memoria y pronto se nos olvidan las tragedias como la de los 33 mineros de Copiapó.

Es de esperar que no se nos olvide comenzar a practicar la justicia entre nosotros y a vivir en clave solidaria la vida de cada día. A pesar que sea más fácil vivir la caridad, pongámonos a vivir la justicia como una demanda inequívoca del verdadero creyente en Jesús.
Como "Hurtado, solidario".

MAGNIFICAT








"El Señor hizo en mí maravillas"
Lc. 1,49


Cuando María visita a su prima Isabel, prorrumpe en un canto de alabanza y acción de gracias, más conocido como el Magníficat, en el cual reconoce toda la grandeza de Dios Salvador y da cuenta de las inmensas maravillas que El ha hecho en ella al ver su pequeñez y pleno abandono en la voluntad del Padre.

Al respecto, creo que sería bueno que cada uno de nosotros pudiera reconocer, delante de Dios y con humildad verdadera, todas las maravillas que continuamente Dios ha hecho con nosotros.

Desde que nos fuimos gestando en el vientre materno hasta nuestros días, podemos reconocer la “mano” poderosa y misericordiosa de un Dios que nos ha amado primero y gratuitamente y que nos ha dotado de muchos privilegios y dones que debemos ser capaces de descubrir.

Ha hecho maravillas a lo largo de nuestra vida “porque Santo es su Nombre”. Ha hecho maravillas porque nos desea ver como personas de bien que transitamos por este mundo proyectando el rostro de un Dios amable, acogedor y cercano.

Reconozcamos delante de Dios, todo lo bueno que ha salido de nosotros en nuestra vida y todo aquello que todavía puede salir de nuestra entrañas a favor de quienes viven a nuestro lado. No somos tan “poca cosa”, no estamos hechos para andar arrastrándonos en la tierra como gallinas que comen del trigo que le lanzan en sus gallineros. Estamos llamados a emprender el vuelo, a abrir nuestras alas, surcar los aires y alcanzar el horizonte para hacernos partícipes del mundo nuevo que anhelamos.

Maravillas que no son para envanecernos en una mal entendida superioridad moral, sino para alcanzar todas nuestras potencialidades, de las cuales nos ha dotado Dios y de las cuales también se verán favorecidos los hermanos con quienes compartimos la vida de cada día.

Que siga, pues, el Señor haciendo maravillas en nuestras vidas, como un día lo hizo plenamente en nuestra Madre María.

lunes, 26 de julio de 2010

ORANTES EN EL CAMINO

A la escuela con Jesús para aprender a orar.

En tu casa está Dios, o sea en tu corazón.


Orar, un camino largo para contemplar al Creador.



"Señor, enséñanos a orar"


Lc. 11, 1


Señor, enséñanos a orar, fue el pedido que le hizo a Jesús uno de sus discípulos después que lo habían visto orar.

Los apóstoles eran hombres de oración. Seguramente, como todos los judíos, orarían en las sinagogas y a distintas horas del día, pero ahora querían aprender a orar de una manera diferente. Orar como lo hacía su Maestro, el mismo Jesús.

Jesús oraba en todo momento. En Lucas se le muestra orando en el bautismo en el Jordán, en la Transfiguración, en el envío de los Apóstoles, cuando regresan de la misión los Setenta, en la pasión (“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, será su oración del final), por eso que de El dimanaba una fuerza tal, que para sus apóstoles fue difícil sustraerse al magnetismo y fuerza interior que de Jesús brotaba cuando se comunicaba con su Padre y no pedirle que les enseñara a orar.

¿Y qué les enseña Jesús? Básicamente, les enseña a decir: ¡PADRE!, así, con todas sus letras, ¡PADRE!, como queriendo decir, con Francisco, ¡MI DIOS Y MI TODO! Detrás de esta expresión de Jesús, está el contenido total de su oración y la relación que El tiene con su Dios. El no es más que ternura, compasión, misericordia, cariño, amor. Es su Padre y al padre se le habla con naturalidad y afecto y se le escucha con dedicación y agradecimiento.

Hay dos gestos potentes que los seres humanos podemos realizar con respecto al Padre en la oración: esto es, abrir nuestras manos vacías y ponernos de rodillas. Abriendo nuestras manos vacías en la oración, no hacemos más que ABANDONARNOS plenamente en Dios y AGRADECER de manera infinita todo lo que recibimos. Con respecto a Dios todo es gratuidad, nada podemos ofrecerle, por eso nuestras MANOS ABIERTAS y VACIAS. Nos abandonamos de corazón, porque todo lo esperamos de El y en El ponemos nuestra vida, nuestra historia, el camino de nuestro pueblo, la vida toda.

Y nos ponemos de rodillas. en un gesto potente de ADORACION máxima y de CONTEMPLACION. Solamente el ser humano se pone de rodillas delante de Dios y del pobre y en la oración lo que hacemos es doblar nuestras rodillas para adorar con todo el corazón a Aquel que es plenitud de amor.

Orar es entrar en una dinámica de diálogo con el Padre. Es entrar en la pieza, cerrar la puerta y orar a nuestro Padre que conoce todos nuestros secretos. La oración nos cualifica para un mejor apostolado y para una vida más intensa e integrada. Cuando oramos, entramos en nuestra casa y nos revelamos delante del Padre con toda desnudez en lo que somos, en nuestras luchas, esperanzas y heridas.

En la oración vamos alcanzando esa mirada contemplativa y sacramental que nos hace capaces de leer los signos de los tiempos y mirar con ojos de fe a las personas, las criaturas (como San Francisco), los acontecimientos, la vida misma. Ella nos hace tener “un fondo interior”, una mayor consistencia en nuestra fe y una intensidad distinta para vivir. Nos lleva al CENTRO y nos saca de la periferia. Vamos al fondo y no merodeamos por la orilla de nuestra vida y de los acontecimientos.

En definitiva, en la oración son dos corazones que se unen para tratar en amistad y hablar el lenguaje del AMOR. El Corazón en nuestro corazón, nuestro corazón en el Padre. Y como esto no siempre es tan evidente en nosotros, es que necesitamos ir a la escuela de JESÚS todas las veces que sea necesario y volverle a decir:

"SEÑOR, ENSEÑANOS A ORAR".

martes, 13 de julio de 2010

SAMARITANOS PARA HOY




"Vete y haz tú lo mismo"


Lc. 10,37



Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y en el camino fue asaltado, apaleado, maltratado quedando mal herido y moribundo. Casualmente pasó un sacerdote, lo vio y pasó de largo. Un levita, lo mismo, lo vio y pasó de largo. Entre tanto pasó un samaritano que se detuvo en el camino, vio al caído, lo atendió, se esmeró por él, le curó sus heridas (o sea le entregó los primeros auxilios), luego lo llevó a un albergue, se encargó de cuidarlo y luego dejó dos denarios para que siguieran atendiendo al caído y pudiera recuperar la salud. A la vuelta de su viaje, pasaría a obtener más información por el caído para ver si hacía falta todavía destinar más tiempo y recursos en su recuperación.

Ante la pregunta del doctor de la ley a Jesús sobre quién era su prójimo, el Señor respondió con esta parábola emblemática que nos trae el evangelista Lucas. Una página clásica que ha quedado para siempre en la conciencia colectiva de la humanidad y de todos aquellos que de alguna forma han reconocido en Jesús a su Maestro y Camino de Vida.

¿Qué hizo en definitiva el samaritano? ¿Cuál fue su lógica? Veamos.

El samaritano VIO. Es decir, en primer lugar este hombre fue capaz de ampliar su mirada y ver la desgracia del hombre que estaba caído. A veces miramos, pero no vemos, necesariamente. No vemos porque sencillamente estamos enfrascados en nuestras propias problemáticas, en nuestro mundo interior, a veces bastante egoísta, que no nos permite salir del círculo en el cual nos movemos de continuo. Los que pasaron antes del samaritano, miraron, pero no vieron. Iban muy ocupados, tenían sus propios planes, actuaron sobre seguro, no quisieron correr ningún riesgo. Hace falta abrir los ojos profundamente para VER lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, para ver a los que están a la vera del camino esperando por alguien que se haga prójimo de su dolor y maltrato.

Con todo, el samaritano no sólo VIO, sino que también se COMPADECIO. Vivió un proceso de conmoción interior profundo hasta las mismas entrañas de su ser. Su corazón latió más fuerte, algo íntimo y profundo ocurrió en su vida que no pudo, sino detenerse ante el caído que yacía medio muerto en el camino. Lo mismo le ocurrió a Francisco de Asís en el beso al leproso que fue su camino de conversión. Y algo parecido vivió Teresa de Calcuta cuando encontró a una mujer moribunda en la calle que era carcomida por las ratas y las hormigas, llevándola al hospital para que muriera dignamente.

Este samaritano, que no tenía ninguna obligación de detenerse y sentir compasión, (ya que los samaritanos no se podían ver con los judíos, por lo tanto el caído no era “su prójimo”), hizo un salto cualitativo, derribó las murallas ideológicas y culturales, y dejó que en su corazón el caído del camino comenzara a existir, que fuera “su prójimo” haciéndose él mismo “prójimo” del caído. Así, su corazón se ensanchó y explotó donándose por completo.

Sin embargo, su lógica no quedó aquí. El samaritano también ACTUO, o sea hizo operativa la caridad y se las ingenió en concreto para hacer que su compasión no se quedara sólo en el terreno de la lástima y el lamento y puso en acto, con medidas concretas, específicas, creativas, la demanda que le venía a su corazón y a su mirada del hecho de encontrar a un hombre caído y medio muerto en el camino.

Se acercó y vendó sus heridas … lo puso sobre su propia montura …lo condujo a un albergue … lo cuidó … sacó dos denarios … y a la vuelta de su viaje preguntará si se debe algo por él.

Se trata de acciones concretas, que conllevan a hacer eficaz y creativa la manera de vivir la solidaridad entre nosotros. Poco o nada habría sacado el samaritano con preguntarle al caído, “¿tienes seguro médico?” “¿te pueden venir a buscar?” “lo siento mucho”, “¿qué le pasó”, “¿para dónde se fueron los bandidos?”, etc, todas preguntas o afirmaciones que no haría más que dilatar la solución al problema y claramente inoficiosas e inconducentes.

También nosotros hoy debemos ser capaces de reeditar esta página bíblica. Hoy ella nos interpela fuertemente y nos invita a ver, compadecernos y actuar en concreto. Hacer que los caídos se levanten y se incorporen nuevamente a la vida abundante que Jesús nos quiere dar. A hacer un salto cualitativo profundo de nuestra fe, más allá de consideraciones ideológicas, racistas, culturales, de religión, etc.

Cuando el doctor de la ley preguntado por Jesús por quién se había portado como prójimo dice: “El que tuvo compasión”, el mismo Señor le dirá, entonces: “ANDA Y HAZ TU LO MISMO”.

Entonces viviendo nuestra fe en esta CLAVE SAMARITANA (ver, compadecerse y actuar), estaremos cerca de heredar la Vida Eterna.

miércoles, 23 de junio de 2010

TOMANDOLE EL PULSO A NUESTRA FE




"Pero ustedes, les preguntó,
¿quién dicen que soy Yo?


Lc. 9,20



Esta pregunta de Jesús, hecha a sus discípulos mientras oraba y se prepara para subir a Jerusalén donde será crucificado, la han respondido muchos hombres y mujeres a lo largo de estos dos mil años.

Me imagino a un Pablo, un Agustín, una Sta. Teresa de Avila, un San Francisco, un Alberto Hurtado, una Teresa de Calcuta, un Obispo Romero, respondiendo esta acuciosa pregunta desde su particular situación de vida.

La han respondido hombres y mujeres sencillos, indígenas, obreros, artistas, intelectuales, miles de comunidades de base, obispos, sacerdotes y religiosas. Muchos laicos y laicas que a lo largo de nuestra historia se encontraron a quemarropa con esta pregunta y fueron obligados a responder desde su propia experiencia de vida.

Hoy te toca responder a ti.
Desde nuestra particular situación de vida, Jesús nos interpela y sale al encuentro de nuestra fe para que la podamos descifrar con mayor profundidad y generemos una suerte de introspección de aquello que creemos e intentamos vivir.

Ya no vale ser cristiano de “memoria” o por “costumbre” o por “tradición”. Ya se hace insostenible una fe espúria, anquilosada, pegada en algunas fórmulas vacías o una fe que se disocia de la vida cotidiana, vivida sólo como un acápite, un anexo o algo meramente formal que responde a una “cultura religiosa” de la que uno puede provenir por sus ancestros y antecedentes familiares.

Con razón, Aparecida, citando a Benedicto XVI, nos dice que: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Nº 243).

De eso se trata, me parece, la pregunta de Jesús. De que nos preguntemos por qué soy cristiano. ¿Qué raíz fundamental sostiene mi fe en Jesús? ¿De qué forma y en qué momento fui encontrado personalmente por Jesús?.

Y la respuesta a la pregunta de Jesús, junto con comprometerme existencialmente con la vida diaria, también irá siendo distinta de acuerdo a la realidad actual en la que esté inmerso.

Como le responda hoy a Jesús, así también será el nivel de vida cristiana que lleve. Si es una respuesta personal, vivencial, así tendrá incidencia la fe en mi vida. Si por el contrario, esta es una respuesta más bien vaga, teórica, o aprendida de memoria, entonces mi fe sólo será un dato anexo y formal a mí que no tendrá su correlato existencial en la vida misma.

Entonces, frente a esta pregunta de Jesús, ¿qué puedo decir al respecto hoy día?

martes, 8 de junio de 2010

INVITADOS A LA MESA





"Todos comieron hasta saciarse"

Lc. 9, 17




La mesa es el lugar del encuentro, de la intimidad y de la gratuidad.

Es el lugar de la memoria, de los relatos y el diálogo fluido y sereno. En la mesa, se está bien, hay lugar para la distensión, la entrega de afectos, el corazón se ensancha y el amor se muestra y se demuestra en toda su intensidad.

La mesa reúne a los amigos, a los que se aman, a los hijos con los padres, a los hermanos, a todos aquellos que de alguna u otra forma desean interactuar y vivir un momento de solaz, apertura y cercanía.

En torno a la mesa nos sentimos familia, nos asociamos en un proyecto común, compartimos experiencias, vislumbramos el presente, y el futuro se nos presenta no como amenaza sino como oportunidad y desafío.

Alrededor de una mesa abrimos el corazón, derramamos algunas lágrimas, nos hacemos solidarios y afectivos, apagamos los conflictos, sanamos las heridas, nos sentimos acogidos, queridos y tomados en cuenta en nuestra exclusividad e individualidad.

En la mesa no existe el tiempo, la eficacia o la eficiencia, el apuro o el activismo. Se apagan los celulares, no se abre la Internet, se deja por un momento el facebook, se escucha, se dialoga, se hace familia, se comunica, superamos el aislamiento, miramos en verdad a los ojos, se abre el corazón sin miedos, nadie se siente amenazado, hay lugar para ser lo que uno es porque caen las máscaras, porque nadie tiene que aparentar lo que no es, porque en la mesa, en definitiva, cada uno es lo que es y nada más.

Jesús, gustó de ir a compartir a muchas mesas. Y a todas las mesas.

Se sentó a compartir con publicanos, fariseos, escribas, pecadores y amigos. Estuvo con Marta y María sentado a la mesa, con Leví, el publicano, con Simón el fariseo y también se sentó a la mesa con multitudes como lo demuestra la multiplicación de los panes en el texto de Lucas.

En la mesa, el Señor escuchaba, enseñaba, intimaba con sus interlocutores, les predicaba la Buena Noticia del Reino, sanaba los corazones y se hacía cercano e íntimo con todos aquellos con quienes compartía la mesa. Hacía caso omiso de los comentarios mal intencionados que oponían el que él siendo el Señor se sentara con cualquiera a la mesa para compartir su vida.

Algo así debieran ser nuestras Eucaristías.

Un lugar donde nos sintamos invitados por Jesús a su mesa para lograr una íntima comunión con él y con los hermanos. Una mesa en la que caben todos, donde sólo hace falta tener el corazón y los oídos abiertos para escucharle con atención y esmero. Una mesa que nos desafía a crear otras mesas donde haya pan para todos y en donde los aspectos relacionales tan propios de los encuentros entre amigos también se logren vivir en nuestras celebraciones.

Acabamos de celebrar al Dios Uno y Trino, un Dios que se comunica, que crea comunión, que vence el aislamiento y la soledad. Ese mismo Dios, que ahora se nos muestra como un Dios que da pan en abundancia y que crea comunión, sea nuestro paradigma para vencer la soledad, el aislamiento, la incomunicación, la frialdad que a veces denota nuestra vida moderna.

Recuperemos, pues, la importancia de sentarnos en la mesa para ser más humanos y así ser más divinos.

Y también la mesa de la Eucaristía donde comeremos hasta saciarnos.