jueves, 31 de julio de 2014

JESUS Y EL REINO



En tres domingos consecutivos, a través del Evangelio de Mateo 13, Jesús nos ha venido hablando del Reino, haciéndolo de manera creativa, original y novedosa, a través de siete parábolas, lo que da cuenta de su pedagogía para transmitir un mensaje de manera sencilla y profunda a la vez, que tanto la multitud como los discípulos pueden comprender cabalmente.

Las parábolas han sido la del sembrador; el trigo y la cizaña; el grano de mostaza; la levadura en la masa; el tesoro escondido en el campo; la perla preciosa y la red que se echa al mar. En ellas, Jesús no define taxativamente lo qué es el Reino, sino que lo va describiendo: Se parece a … nos dice, a través de las cuales nos va mostrando la fisonomía que tiene el Reino que él está anunciando.

El Reino, es una semilla que se siembra en todos, nadie de antemano está vedado o exento de él, sino que dependerá del nivel de respuesta y acogida que se tenga a la semilla sembrada, así será también el fruto que se obtenga.

El Reino es un llamado a la paciencia y a la tolerancia (trigo y cizaña) evitando caer en la clasificación de buenos y malos, sin más, como si hubieran algunos que son puro trigo y otros pura cizaña (y no tuviéramos de ambos en nuestra vida), guardando la paciencia necesaria hasta la cosecha final donde se separen verdaderamente el trigo de la cizaña.

El Reino crece en lo pequeño, lo insignificante, lo minúsculo y lo sencillo (grano de mostaza). En él brilla la fuerza de la debilidad, para la cual no podemos apoyarnos en el recurso del poder para llevar adelante el cometido de la evangelización. El Reino crece de manera oculta y silenciosa y CRECE a pesar que nosotros no advirtamos dicho proceso.

El Reino conlleva por dentro un germen de transformación profunda, hasta tal punto que su poder puede fermentar toda la masa (la levadura) creando una realidad nueva sin injusticia, opresión e idolatría. De igual forma, todo discípulo ha de ser presencia transformadora en el mundo. Ir contracorriente, proponer algo nuevo y alternativo al modelo de sociedad que se basan en el dinero, el mercado, la insolidaridad, la competencia o el individualismo.

Estas parábolas (el sembrador, el trigo y la cizaña, el grano de mostaza y la levadura), son una invitación a la fe y la esperanza en la fuerza que se encierra en el Reino de Dios. Un cristiano no debería perder la fe y la esperanza a pesar de la aparente impotencia del Evangelio en el que a simple vista nada cambia, todo sigue igual o incluso peor en algunas situaciones. Fe y esperanza aunque se torne todo oscuro a nuestro alrededor.

Ha de ser nuestra convicción que con Cristo ha entrado una levadura y un grano de mostaza en el mundo capaz de renovarlo todo.

Con las parábolas del tesoro y la perla preciosa, estamos al frente de alguien que ha descubierto el proyecto del Padre, que no es otra cosa que conducir a la humanidad a un mundo más justo, fraterno y dichoso encaminándolo hacia su salvación definitiva. Y esto provoca un gran gozo y alegría, pues la persona ha encontrado un sentido nuevo para su vida, transformándose el Reino en algo paradigmático sobre el cual se construye todo el edificio de la existencia.

Ser cristiano no significa vivir de ritualismos o moralismos, sino identificarse y experimentar lo que Jesús HIZO  y DIJO en su vida pública. Comportarse como él, tener sus actitudes, realizar sus gestos, asumir a los excluidos, tender la mano al caído, ejercer la misericordia con el que ha sido maltratado y asaltado en el camino.

Jesús nos habla del Reino, o sea de él mismo y de su mensaje. El Reino es lo fundamental y lo único necesario. Lo que vale la pena. Lo definitivo. Lo que hay que comprar, vendiendo todo lo demás. Quien hace esto, entonces es un apasionado del Reino, por cuanto es capaz de relativizar todo lo demás y poner como absoluto el proyecto del Padre diseñado y anunciado por Jesús.


Que venga su Reino sobre nosotros y que él crezca cada día en nuestros corazones. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

En mi vida de Iglesia, con la parábola que más siento que me mostró el Reino sin lugar a dudarlo fue la del tesoro escondido, porque aunque no sé con precisión cuando lo encontré, descubrí a Dios Padre con su inmenso Amor, que me esperaba con sus brazos tiernos en un infinito abrazo. El tesoro lo he encontrado, he vendido el terreno de menor valor, ahora debo preocuparme de vivir como cristiana verdadera, justamente sin rituales ni rigideces propias de quienes se quedan en lo supérfluo, sino presta al servicio generoso y voluntario a todos mis hermanos.

Anónimo dijo...

Si reconocer el Reino de Dios no nos lleva a actuar como lo ha mostrado el Maestro, con la mayor de la atención a caído por cualquier circunstancia, entonces, todavía estamos detrás de la vitrina, mirando cómo otros lo hacen sin comprometernos nosotros.