martes, 13 de enero de 2009

SUMERGIENDONOS EN LAS AGUAS DEL JORDAN, COMO JESUS






"Pasó haciendo el bien"

Hech. 10,38




La vida pública de Jesús, se inició propiamente tal, en el momento que el Señor, colocándose en la fila de los pecadores, es bautizado por Juan Bautista en las aguas del río Jordán. Al sumergirse en el río Jordán, Jesús se empapa con esas aguas contaminadas que antes había purificado a tantos pecadores que iniciaban un nuevo camino en su vida. Sumergiéndose en esas aguas, Jesús lleva consigo a toda la humanidad, a cada uno de nosotros y solidariza con la causa humana y haciéndose así partícipe de nuestra suerte. La máxima expresión de solidaridad expresada en el madero de la cruz, Jesús la visibiliza ya en el momento de su bautismo en el río Jordán.

De esas aguas, sale el Mesías, el Ungido de Dios, el Hijo muy amado, “en quien tengo puesta toda mi predilección”, nos dirá el relato bíblico, Aquel que viene a anunciar buenas noticias a los pobres, la libertad a los presos, que viene a dar vista a los ciegos, a despedir libres a los oprimidos, a proclamar un año de gracia del Señor (cf.Lc. 4,18). Del río Jordán, sale Aquel en el que su vida y su ministerio no será otro que “hacer el bien”, es decir, provocar en todos aquellos que se acerquen a El una suerte de “salvación”, de “liberación” y “sanación” profunda del corazón. Con el bautismo, en definitiva, Jesús, da inicio al nuevo tiempo de Dios en la tierra. A un Dios que hace una opción decidida y personal por cada criatura, llenándolo de amor y predilección como a su propio Hijo Jesús.

De esta manera, y por lógica, toda persona bautizada en el bautismo de Jesús, no hace más que entrar en esta dinámica que nos presenta el mismo Jesús.

Todo bautizado es “hijo” “predilecto” del Padre, amado profundamente y amado personal y exclusivamente. Con amor total y definitivo. Es la gracia del bautismo que nos lleva a vivir esta experiencia de la filiación, es decir, sentirnos y llamarnos, verdaderamente, HIJOS del Padre que nos ama con amor de predilección y, por ende, nos hace también vivir la experiencia de la fraternidad al ser verdaderamente hermanos en el seno de la nueva Comunidad configurada de manera diversa por el bautismo.

Si esta es la IDENTIDAD del bautizado (ser hijo y hermano), por el bautismo nos hacemos partícipes de la MISION de Jesús, que no es otra que “hacer el bien” como El lo hizo en su vida terrena.

De hecho, el bautizado, se incorpora en la misma misión de Jesús, en el sentido de “participar en la lucha transformadora emprendida por Jesús en el cambio de vida que se ha producido en su descenso y ascenso” (Jesús de Nazaret, Benedicto XVI).

También el bautizado debe tomar conciencia verdadera, que su misión en este mundo nace de su propia cualidad de haber “entrado en el bautismo de Jesús”. Es una marca indeleble, que lo marcará a fuego, y de la cual tendrá que dar cuenta constantemente si quiere verdaderamente que su bautismo sea una experiencia que tenga que ver con su IDENTIDAD y MISION y no un mero apéndice que no se proyecta, de verdad, en las opciones y estilos de vida de cada día.

Vivamos, pues, a cabalidad y con lucidez nuestra condición bautismal, haciendo que nuestra estadía en este mundo sea una proyección de Jesús que “pasó haciendo el bien”.

Sumergidos en las aguas de nuestro propio Jordán, nos levantamos para ser nuevas criaturas, por el agua y el Espíritu.


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