viernes, 19 de julio de 2013

¿QUIEN ES MI PROJIMO?


Lc. 10, 25-37


El doctor de la ley sabía la teoría pero no la praxis. Había coleccionado doctrinas, conceptos, (de hecho recita muy bien y de corrido lo que está escrito en la Ley ante la pregunta de Jesús), pero todavía no había dado el paso fundamental del acercamiento “vivencial” a la misma Palabra.
 
Porque de otra manera no se explica que le pregunte a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Es que para el mundo judío, prójimo era simplemente el familiar, aquel del círculo más cercano, el connacional. Preguntar por quién es mi prójimo, es como decir: ¿Y a quién debo amar como a mí mismo como lo exige la Ley?
 
En este contexto, Jesús le narra esa famosa parábola del “buen samaritano” que ha inspirado a tantos creyentes a lo largo de estos veinte siglos. Parábola que sigue interpelando el corazón de aquel que con actitud de discípulo se acerca a ella y la guarda en su corazón y, con la ayuda del Señor, la intenta vivir en los diversos acontecimientos de su vida.
 
Las lecciones que podemos sacar de esta parábola son muchas. Me atrevo a sugerir algunas, para que cada cual en su fuero interno, las siga reflexionando y pueda añadir otras tantas enseñanzas que podemos sacar.
 
VIVIR LA VIDA EN CLAVE SAMARITANA
 
Uno puede ordenar su vida desde muchas ópticas y claves. Muchas serán legítimas, otras carecerán de sustento evangélico, sin embargo para un creyente, la fe ha de ser vivida desde la clave que nos plantea el buen samaritano, es decir, desde la clave de aquel que es capaz de salir de su propio camino para entrar en la realidad del que está caído y herido. Sin cálculo egoísta y menor, vivir en clave samaritana es “ponerse en los zapatos” del otro para ver y conmoverse ante la realidad de menoscabo que puede estar viviendo aquel que requiere de unos ojos y corazones que se abren y se hace prójimo del mal herido. En esta lógica, ¿puedo identificar a los que HOY están heridos y han sido maltratados por esta sociedad, bastante desigual y discriminatoria? No vaya a ser que por atender a mis asuntos personales, PASE DE LARGO y deje en el camino al que se debate entre la vida y la muerte.
 
TRASPASAR FRONTERAS
 
El samaritano no tenía ninguna obligación de detenerse ante el que estaba herido, pues se suponía que éste era judío y todos sabemos la enemistad que había entre los judíos y los samaritanos (el mismo Señor vio truncado su deseo de permanecer en Samaría ante lo tuvo que partir de la ciudad al no ser bien recibido).
 
Se trataría de traspasar todo tipo de “fronteras” que nos separan y nos dividen. Fronteras ideológicas, culturales, raciales, religiosas, sociales, etc. A veces como que estamos parapetados en nuestros reductos y somos incapaces de instaurar una cultura del diálogo, del encuentro, con aquel que es diferente y diverso a mí. En este sentido, nos podríamos preguntar: ¿Qué fronteras debería traspasar hoy día para hacer que esta Palabra tenga incidencia concreta en mi vida?
 
UNIR LITURGIA Y VIDA
 
El sacerdote y el levita iban preocupados por llegar pronto al templo. La liturgia les demandaba atención exclusiva, no había nada ni nadie que podría distraerlos por el camino.
 
Puede pasar que nuestras liturgias estén despegadas de la vida y que nos asomemos más bien a la vivencia de una espiritualidad más bien individualista, abstracta y a-histórica. El texto evangélico nos dice otra cosa. De esta forma, cuidemos que nuestras liturgias y celebraciones recojan y proyecten lo que es la vida misma. Fe y vida, van de la mano, como lo son también la liturgia y la historia concreta de nuestro pueblo.
 
En suma, la parábola del “buen samaritano” nos interpela hacia una fe situada en la realidad de cada día y es un desafío permanente de cuantos pretendemos ser discípulos de Jesús que la hagamos nuestra y sea la plataforma sobre la cual vayamos viviendo UN NUEVO ESTILO DE VIDA.
 
¿Cuál de los tres se portó como prójimo (el sacerdote, el levita o el samaritano)?, le preguntó Jesús al doctor de la Ley. El que tuvo compasión, le respondió. Como aquel y hoy a mí, nos dice Jesús: VETE Y HAZ TU LO MISMO.

martes, 2 de julio de 2013

DISCIPULADO Y SEGUIMIENTO



“¡Te seguiré a dónde vayas!”
 
Lc. 9,57



En el evangelio del domingo décimo tercero del Tiempo Ordinario, se nos muestra a Jesús tomando la decisión de subir a Jerusalén en donde será crucificado. Mientras iba de camino, se presentan tres experiencias vocacionales que viven distintas personas, en las cuales me quisiera detener un momento.
 
Por de pronto, hay que señalar que el cristianismo se define básicamente en el seguimiento de Cristo, por amor. Es la experiencia de Pedro, cuando Jesús le pregunta, “¿me amas?” … a la respuesta afirmativa de éste, le dice, “entonces, SIGUEME”. Es por amor que se sigue a Jesús. Es siendo discípulo, donde al fin se define la vida de un cristiano. Un discipulado y seguimiento no exento de riesgos y complejidades como lo veremos en las situaciones que nos narra el evangelista. Porque en verdad el seguimiento de Cristo no es algo romántico ni tampoco platónico. Asume todo el realismo de nuestra vida, es radical, absoluto. A veces es excluyente cuando algunos valores por legítimos que sean, se hacen incompatibles con el Reino y el Evangelio.
Es lo que nos enseña el Evangelio. Jesús se encuentra con tres tipos de presuntos seguidores y sus respuestas traspasan el tiempo para convertirse en una palabra actual para nosotros.
 
"¡Te seguiré a dónde vayas!
 
El seguimiento de Jesús es riesgoso. No sabemos a dónde nos puede conducir. No nos promete comodidad ni bienestar. Es entrar a vivir en el desapropio. Es un riesgo, no sabemos qué puede pasar en el camino del discipulado y el seguimiento, pero es también una aventura en la cual algo nuevo puede pasar en la vida del discípulo.
 
"Sígueme”
 
Ante la invitación de Jesús, esta persona pone la condición de ir primer a enterrar a su padre. De la respuesta del Maestro, “dejen que los muertos …” podemos deducir que el seguimiento de Jesús no se puede posponer para una mejor ocasión. El discipulado no admite pretextos. No podemos escamotear su seguimiento. El llamado a la misión se hace irrenunciable, ante lo cual no caben otras explicaciones por legítimas que sean. No cabe posponer el seguimiento para cuando se den realidades más óptimas, las que, por supuesto, nunca se darán plenamente.
 
"Te seguiré, Señor, PERO”
 
Seguir a Cristo presupone constancia y fidelidad en los distintos momentos de la vida, en los éxitos y en los fracasos, con entusiasmo o cansancio, en los momentos de gloria, como en aquellos en que todo parece oscuro. En las resurrecciones y en las cruces. Poner la mano .... supone no mirar de REOJO aquello que se ha dejado en un plano secundario (valores, estilos de vida, opciones, etc.).  Seguir a Jesús es un riesgo y una aventura.
 
En las actuales circunstancias, seguir a Jesús se ha de transformar en un acto de coraje y conciencia plena. Una opción que se verifique en la vida de cada día. Un discipulado y seguimiento que se exprese en las distintas facetas de la vida. De una manera normal y sencilla, pero no menos potente y radical.
 
Debe ser una aventura no exenta de luchas y contrariedades, pero al fin, un camino de LUZ y VIDA.
 
Hasta llegar a Jerusalén para encontrar, junto al Señor, la resurrección y la vida.